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Asesinato en San Felices

De la plaza del ayuntamiento ya llegaban voces, cánticos y demás estruendos festivos, pero en aquel callejón adyacente reinaba la quietud y la calma. En un soportal empedrado, un claro guiño a épocas pasadas, José Luis Palomo se entrelazaba en un festival de amor juvenil a Sonia Gómez. Con aquella postura, al conquis, como le llamaban todos en el pueblo, le vino a la mente ese marisco tan delicioso del que tanto hablaba su padre, percebes debían llamarse, y al parecer se agarraban a la roca tanto o más como Sonia se agarraba ahora a él. No pudo evitar soltar una carcajada:

– Anda, vamos para la plaza ¡Qué nos van a dar las uvas! Y nunca mejor dicho.

Sin llegar a acabar la frase una sombra pasó fugaz por detrás de ellos, perdiéndose en otra callejuela perpendicular.

-¿Qué ha sido eso cari?

– Y yo que sé. Algún hurón buscando algo pa’ jalar. Venga tira.

Cuando penetraron en plena plaza el ruido ya era ensordecedor, e iba acompañado de las más coloridas luces apuntando a todas partes, provenientes de esos punteros láser que generaban hologramas de lo más gracioso, imitando y satirizando a los personajes públicos del momento. Y no era para menos, el año estaba a pocos minutos de acabar. Había sido uno de los mejores desde hacía mucho, y eso se notaba en las sonrisas de los allí presentes.

Sonia sonreía, era feliz, la vida no le brindaba más que buenos momentos y tenía toda la intención de seguir disfrutando de ella, empezando por aquella Nochevieja que se preveía épica. Avanzaron por entre la muchedumbre buscando un buen lugar desde el que ver el reloj del ayuntamiento, saludando a sus conocidos y amigos: Cristina Ozaeta les chilló desde un fondo con toda la efusividad que le permitían sus cortos brazos, Luca Argo a punto estuvo de desmontar las vértebras de José Luis al palmearle la espalda al grito de conquis cabronnnn! Los ojos claros de Sonia se cruzaron con los oscuros de Victoria Cantera, que la miraban como queriéndola analizar. Llevaba esas pestañas postizas tan de moda en esa época en las ciudades y que sobrepasaban la exageración, ya que casi llegaban a la línea del nacimiento del pelo. Allí era prácticamente una pionera. Las opiniones eran diversas, pero muchos decían que ya había superado lo de Palomo, que la dejó sin explicación hacía cosa de tres meses. Se rumoreaba que estaba con alguien del pueblo, pero no se sabía muy bien con quien. Pese a ello, Sonia decidió dirigir a José Luis a un lugar alejado de ella y su intuición femenina decía que la mirada de Victoria seguía clavada en su cogote.

Cuando los cuartos empezaron a sonar, Sonia escucho otro ruido más. Uno seco, corto, como el de un gran insecto al impactar contra el parabrisas. De repente, el conquis se desplomó boca abajo. Sonia permaneció bloqueada, en shock, sin decir ni hacer nada. Hasta allí llegaron rápido varios ciudadanos, entre ellos Jorge Lezana, el joven miembro de la guardia de San Felices, que levantó el cuerpo del desgraciado José Luis Palomo. Un disparo certero en el corazón, sencillo por otra parte con las balas dirigidas de última generación. Un fuerte ruido hizo levantar las cabezas hacia la cercana y tan bien conservada estatua del santo, donde un cuadricóptero mono-tripulado despegaba raudo y veloz hacia el oscuro cielo, perdiéndose entre las nubes bajas en dirección a la ruinas de Haro, iluminadas por aquellas llamas inextinguibles en lo alto de la atalaya. El reloj del ayuntamiento marcaba las 00:05 del 1 de enero de 2079.

A estas alturas, ávido lector, el desconcierto puede reinar en tu preciado cerebro. Pero no por mucho tiempo. Muchos y de gran índole fueron los acontecimientos que se desarrollaron hasta este preciso instante. En la segunda década del siglo XXI el consumo de hidrocarburos a nivel internacional llegó a límites insospechados, haciendo que las reservas mundiales escasearan peligrosamente. Todos querían controlar las fuentes naturales de residuos fósiles por lo que la guerra no tardó en llegar, la III guerra mundial, atroz e inhumana, sin precedentes. Ésta se llevó por delante a más de la mitad de la población. Todo valía: armas químicas, bombas atómicas, virus… La mitad de los países quedaron inhabitables. España, pese a no ser el foco principal de la brutalidad humana, no se quedó atrás. La lucha por el control de los pozos del cantábrico enfrentó al país en una guerra conocida en los libros de historia como “El Norte contra el Sur”.

Y llegamos a nuestra bella localidad, que no pudo evitar entrar en tan desgraciado conflicto al calificarla la capitanía norteña como punto de vital estrategia. Escuadrones andaluces bombardearon la ciudad y durante más de seis meses formó parte del frente que se extendía por todo el valle del Ebro. Afortunadamente la guerra terminó hace quince años. Los supervivientes, no más de cuatro mil personas, se toparon con una ciudad en llamas, parcialmente destruida. Los edificios que quedaron en pie estaban afectados por la nueva radioactividad, y muchos presentaban grandes fallos estructurales. Vivir allí se hizo imposible. Pero los habitantes de Haro no tiraron la toalla. Levantaron sus cansados brazos y se encomendaron a su santo, San Felices.

Si no podían reparar el pueblo que tanto querían, decidieron levantar uno de la nada, a las faldas de su alentador, que tantos milagros dicen realizó durante la guerra, salvando familias enteras. Que la estatua y ermita siguieran en pie ya fue milagroso de por sí. Tardaron años, pero con valentía y tesón, y con la inestimable ayuda de sus convecinos (mucho perdieron también en aquella odiosa guerra) cumplieron sus sueños. El nombre de Haro pasó a inspirar desconfianza, mala fortuna y tragedia. Ya pocos se acercaban a sus ruinas radioactivas. Por lo que decidieron llamar a su nueva ciudad San Felices.Se convirtió en ejemplo de superación, de trabajo en equipo, y las noticias de su inauguración traspasaron fronteras. Además la tierra quedó yerma y estéril, por lo que el cultivo del néctar de dioses, el mundialmente conocido vino de Haro literalmente se esfumó del mapa. Por ello, el motor de la economía pasó a ser el turismo, todo el mundo quería ver aquel pueblo levantado de la nada por sus valerosos habitantes, además de la modernidad de su nueva urbe.

La catástrofe vinícola no impidió que una tradición tan arraigada entre sus gentes como la batalla del vino continuara vigente. Todo lo contrario, se hizo aún más famosa si cabe y se le dio más protagonismo a San Felices, el que merecía. Ahora sus calles se tiñen de granate cada 29 de Junio.

Pero volvamos a aquel trágico 1 de enero. Dos horas después del incidente, controlado el pánico y el estupor que invadió la plaza del ayuntamiento y subido a la ermita en busca de pruebas, Jorge Lezana se acercaba en aeromóvil a Haro junto con cuatro de sus compañeros, armados y preparados para lo que habían sido entrenados.

Jorge solo tenía veintidós años y era la primera vez que iba a la ciudad de sus abuelos. Era la segunda generación en San Felices, y ya no tenían aquella morriña de las generaciones anteriores. Además, se había convertido en un lugar peligroso ya que muchos delincuentes de la zona se refugiaban allí. Era algo así como una ciudad sin ley. Aterrizaron en una explanada al lado de los antiguos juzgados y decidieron continuar a pie para moverse con sigilo.

Héctor Palacios, el segundo más joven del grupo, juraba y perjuraba que aquel cuadricóptero pertenecía al chulapo, un alocado forastero que llegó hacía cosa de dos años a San Felices. Héctor decía que podía reconocer el ruido de todos y cada uno de aquellos automóviles del pueblo y muchos validaban sus aptitudes. Al parecer el chulapo frecuentaba las ruinas, solo dios sabe por qué, con lo que esto, unido a la falta de otras pistas de utilidad, desencadenó tales investigaciones.

Se adentraron por la ventilla por orden del coronel. Su idea era encontrar a alguno de esos parásitos sociales para ver si sabían algo. Ya en sus primeros pasos, Jorge Lezana no podía creer lo que veían sus ojos. El paisaje era desolador, digno de película de terror. Lo primero que le sorprendió fue que todo era de un gris tenue, faltaba color y alegría en aquel lugar. El polvo tapaba absolutamente todo a lo largo de aquella estrecha calle que llegaba hasta la Plaza de La Cruz. Edificios inertes, desmembrados en su interior, algunos solo con los restos de una fachada otrora señorial. En la mitad de su recorrido, allá donde el viejo alquitrán comienza a ascender, vislumbraron los primeros signos de vida. De uno de los pocos edificios preservados casi en su totalidad salía una luz tenue, intermitente y móvil, la proveniente de unas llamas oscilantes.

Ya dentro del edificio, arma en mano, inspeccionaron sala por sala, pero no encontraron nada de utilidad. Periódicos y maderas que usaban como combustible, algún que otro libro de los antiguos, de los de papel, muchas bolsas de plástico y botellas de vidrio. Aquella gente seguía viviendo como en el siglo pasado. Al final del pasillo, la luz era más fuerte y al acercarse descubrieron un bulto inmóvil pegado a la hoguera:

– ¡Qué coño queréis! Marchar y dejarme en paz, mecagónsatanás. No sé qué chorras pintáis aquí.

La voz sonaba ronca, le costaba respirar. Sin duda la radiación pasaba factura.

– Solo buscamos al chulapo ¿Lo conoces? ¿Sabes dónde suele venir?

– Ese desgraciado no ha hecho nada malo. Alguien le está utilizando, siempre habla de esa mujer…- Se vio interrumpido por una fuerte tos. Escupió y un gapo sangriento se pegó a lo lejos.

– ¿Qué mujer? Dinos donde se esconde. Ha matado a un hombre en San Felices.

– Si eso es cierto…no habrá sido por voluntad propia. Estará…en el Palacio de la Cruz…

No había terminado la frase cuando el coronel ya estaba bajando de tres en tres las escaleras camino de la calle con un “será canalla” entre dientes. El viejo coronel a sus 71 años era el héroe local. Salvó a cientos de personas en la guerra cuando solo era un chaval, luchó en el frente durante meses y fue uno de los artífices de la reconstrucción. Su amor al viejo pueblo seguía intacto y era proclive a preservar y restaurar los edificios emblemáticos. Por eso le jodía saber que alguien pudiera estar deteriorando tan bello edificio.

Era inverosímil pensar que edificios de este siglo habían caído como la mantequilla y un palacio del Siglo XVIII continuara en pie, desafiando al tiempo. Pero ahí seguía, esbelto, tan señorial como siempre lo fue, quizás algo más oscuro, pero eso para nada afeaba su fachada. Jorge Lezana se permitió un instante de observación antes de seguir a sus camaradas hacia el interior: tres plantas en piedra arenisca de la que ya no se utilizaba, con seis ventanales de un estilo muy característico (luego le dijeron se llamaba barroco), decoración curvilínea que le encantó. Entre los balcones un impresionante escudo señorial en el que pudo distinguir una efigie humana con la boca abierta. Si se hubiera fijado con más detenimiento, Jorge hubiera avistado el escudo de la familia Rabanera de Haro, en el segundo cuadrante de la heráldica, antecesores suyos. Pero ese dato se había perdido en la historia convulsa. Al bajar la cabeza, un águila imperial flanqueaba aquel arco de medio punto que le dejó con la boca abierta. Su puerta de madera se quemó durante la guerra por lo que allí solo quedaba una oquedad negra como el tizón. Y hacia allí se dirigió instantes después de que un trágico y desagradable grito saliera del edificio, creando un eco que atravesó todas las calles de Haro.

– Hemos llegado tarde, se acaba de ahogar en su propia sangre.

El chulapo yacía inerte en el suelo encima de un charco de sangre morado como aquel vino que tantas alegrías proporcionó a la ciudad. Su cuello, abierto de lado a lado, no impresionaba tanto como aquellos ojos abiertos de par en par, congelados en el pánico. En el pequeño habitáculo solo iluminado por las linternas de los allí presentes, no había prácticamente nada: una vieja silla, un desvencijado canapé tirado en el suelo y un viejo televisor estropeado. La ventana entreabierta dejaba ver el cuadricóptero que horas antes despegaba de la ermita de San Felices. El coronel se agachó junto al cadáver todavía caliente, llevó la mano a la chaqueta militar del chulapo y de su cuello extrajo dos filamentos largos como un dedo índice, ligeramente curvados, flexibles. Sus experimentados ojos inspeccionaron aquellas hebras más gruesas que un hilo, y su cara se transformó en una mueca de victoria:

– Está más que claro, las pistas no dejan lugar a la duda, solo ha podido ser obra de…

Pascual Oñate se despertó en las campas de San Felices, algo pedo todavía. Una rápida ojeada le bastó para ver que todo seguía en orden. Levantó la cabeza y respiró tranquilo, la estatua seguía allí. – Eh Ayala, guapa, no te vas a creer lo que he soñado… (Continuará, aunque quizás ya sepas quien es el culpable 😉

La estatua perdida

         Como cada domingo, Pascual Oñate preparaba todos los bártulos para su paseo ciclista por los montes Obarenes. Le acompañaba su incondicional amigo (desde la guardería, solían repetir con orgullo) Serafín Hernández. Pese a que eran jóvenes todavía, habían dejado de frecuentar la Herradura los viernes y sábados, decían que ya no encontraban nada nuevo ni motivador.

                Pero no era solo eso. Detestaban en qué se había convertido la juventud jarrera, más pendiente de pillarse el pedal del siglo finde tras finde que de disfrutar del bello lugar que les había tocado vivir. Y ellos se disponían a disfrutarlo. 10 minutos antes de la hora de siempre, Pascual llegaba con su flamante Orbea Ocamm H50—3 meses de ahorros y una ayudita de los padres—a la plaza de la iglesia. Serafín vivía en un modesto estudio en la calle Garrás, herencia de un tío paterno sin descendencia. Aquel lugar le encantaba, por su belleza y por los recuerdos.

         En su mente recordaba allí algunas noches de bailoteos en conciertos de grupos para él y su cuadrilla muy conocidos, pero para pocos más; y muchas más noches sentados al resguardo de los arcos de piedra ocre que guarnecían por mucho tiempo la espectacular portada de la parroquia, bebiendo rioja libre y riendo durante horas.

           La plaza era una conjunción de diferentes tonalidades de marrón, muy característico de la zona. Varios edificios cerraban en semicírculo sobre su edificio principal, la gran portada de la parroquia, de un gótico sobrecargado que a Pascual sobrecogía desde pequeño, pese a no ser muy dado en la materia. Enfrente, 5 arcos de medio punto con varias balconadas y un mirador blanco típico de la localidad. A la derecha el edificio de la cofradía, donde 3 grandes pilastras sujetaban dos pisos de fachada con ladrillos superpuestos. En una esquina, el edificio más espectacular para Oñate de todo Haro, el palacio de los condes de Haro, una casa señorial con un enorme escudo esculpido en piedra custodiado por dos columnas también labradas en la pared.

— Eh ¡empanao! ¿Te has enamorau o qué?

—  Joder Serafín, que susto. ¿Llegarás algún día puntual?

— Tío, que ayer me lié. Fui a echar 2 vinos con el Luisen y los viribays y se me piró. ¡Acabé en el brutal dándole al futbolín y toda la ostia! Anda vamos, a ver si me sigues el ritmo.

                Y salió disparado por la calle Santo Tomás. Bajaron como balas por la calle Navarra y en menos de 1 minuto estaban subiendo camino de San Felices. Desde que empezaran con la bicicleta más en serio, hace ya un año, siempre subían hasta los riscos de Bilibio, para calentar, decían entre sonrisas. A estas alturas ya se conocían todos los caminos, sendas y veredas desde la cantera hasta Cellorigo como la palma de su mano.

                El día era perfecto, hacía un Sol de justicia, y ya encaraban la cuesta final, un rompepiernas atroz, final de su calentamiento, cuando Pascual levanto la cabeza hacia la estatua del santo, o hacia donde debería estar.

San Felices

— Pero que co…

— ¡Si no está!

                Y es que la estatua de San felices, de unos tres metros y medio de alto, sin contar la base, hecha de piezas de hormigón, había desaparecido como por arte de magia. Estupefactos, flipando, que dirían ellos, los dos amigos subieron a pie por las escaleras a la ermita hasta la base de la estatua. Allí las vistas eran espectaculares, Pascual nunca dejaba de sorprenderse. El día era perfecto y se divisaba sin problema toda la Rioja Alta con los viñedos comenzando a brotar de un verde claro brillante. Al fondo, el imponente San Lorenzo y sus acompañantes vecinos mantenían, pese a la época del año, sus cumbres blancas. Al este, San Vicente y Briones destacaban en sus respectivos cerros, rodeados de una suave bruma.

— Almas su raza Pascuali, ven a ver esto. Yoda nos ha venido a visitar.

                Pascual se acercó a su amigo, que en sus manos sostenía un pergamino antiguo, amarillento, en cuyo centro se definía, ya muy borrosa, una foto antigua. En ella, la carretera que tanto conocían de ascenso a los riscos, estaba plagada de personas subiendo andando, en carros o coches de la época, todos con una enorme sonrisa en sus caras. Y en el pie de foto, unos trazos medievales sostenían aquella inquietante frase:

“Para que la estatua pueda retornar, el pueblo la fe en Haro debe retomar”

                Tras unos instantes de estupor, donde solo se oía el viento pasando de Castilla a La Rioja, ambos comenzaron a sopesar la situación y a plantear que harían. Descartaron rápidamente acudir a la policía, unos sucesos hace año y medio con unos contenedores calle abajo de por medio y varios coches reventados no les hacían muy amigos del orden público, además de otros hechos de diversa índole durante sus cortas vidas. Tras varias tentativas de Serafín por seguir con el paseo mañanero, finalmente Pascual convenció a su amigo en visitar a Ángel Tostado Palomino, el párroco. Amigos desde los campamentos de verano, les había sacado de un par de embrollos gracias a su posición, y aunque ninguno frecuentaba el culto católico, seguían manteniendo una buena amistad. Ángel era un gran intelectual, muy versado en la historia jarrera y amigo de los misterios.

— Todo esto me recuerda a algo, pero no consigo atar cabos. Quizás… —El enjuto y desgarbado párroco, con un corte de pelo más militar que eclesiástico, abrió un polvoriento armario de un recodo de la sacristía y hurgó entre varios tomos que al parecer pertenecían al archivo histórico de la ciudad. Al rato, sacó uno de ellos que parecía a punto de desintegrarse en sus manos y comenzó a ojearlo— Ahh, ¡aquí está! — Y en un tono señorial, muy serio y grave, comenzó a relatar párrafos y párrafo de aquel viejo tomo.

La leyenda, de más de 500 años de historia, contaba que el fervor y la pasión por los actos tradicionales de la localidad debían mantenerse en el tiempo, como expresión orgullo de la tierra en la que habitaban. De lo contrario, y en caso de una pérdida de populismo en la celebración de todos los actos relacionados con la Virgen de la Vega, traída en tiempos de la invasión musulmana desde Granada, toda la imaginería y riquezas que acompañaban tales actos y celebraciones, desaparecerían sin previo aviso.

— Como veis, la leyenda habla de la patrona, pero no menciona a Félix el anacoreta. Pese a ello, intuyo que esta desaparición y la leyenda de la Virgen tienen algo que ver.

—   ¿Estás diciendo que algo o alguien ha hecho desaparecer la estatua? ¿Y cómo co…— Serafín se contuvo, estaba en una iglesia— ¿Cómo narices lo ha hecho?

— Así es. Y lo desconozco. Pero no descartaría que más objetos hubieran desaparecido. No hay más que ver cómo están las cosas por el pueblo para darse cuenta.

Lo cierto era que las tradiciones, otrora populares y multitudinarias, se estaban perdiendo, y poco quedaba del furor de años pasados. Ya casi nadie subía a los riscos el primer domingo de septiembre, y el 29 de junio era ya más conocido por el desenfreno nocturno (cada vez más lleno de violencia y drogas) que por la romería y el lanzamiento del néctar de los dioses. Cuatro gatos iban ya a la procesión del 25 de junio, y la plaza ya no se llenaba en la procesión de los faroles, algo inaudito años atrás.

                — ¿Cómo devolver entonces la estatua a su emplazamiento, padre Ángel?

                —Muy sencillo, al menos de decir, devolviendo al pueblo su pasión por Haro, ya lo dice ese pergamino que habéis traído—. En ese momento las campanas de la parroquia tocaban las 12 y un coro de guitarras comenzaba a sonar a los pies el altar. Aquella conjunción de sonidos despertó la vena intrépida de los dos amigos, que se miraron y sonrieron, sabiéndose partícipes del inicio de una aventura. A Serafín solo le faltó chillar un “¡Qué guapo tío!”, que sin duda hubiera estropeado el momento.

                A las pocas horas, los engranajes ya empezaban a chirriar, y los motores sonaban potentes en casa de Serafín. Era necesario el empleo de todas sus armas. Comenzaron por emplazar a su cuadrilla a una quedada esa misma tarde. Primero se movieron por la red, atrayendo al público juvenil jarrero con un emotivo evento en Facebook detallando lo acontecido. Twitter, instagram y demás redes sociales quedaron también bombardeadas por su información. El primer lugar al que acudieron fue a la oficina de turismo, para dar más validez a la información creada en la red por ellos. Pero no iba a ser nada fácil.

                Y todo gracias a la policía. En aquel momento, ya enterados de la desaparición de la estatua, la información había llegado a la radio, y tanto en la onda que poseían de la frecuencia modulada como en su página de internet, ponían al tanto a los ciudadanos de los hechos acaecidos, dejando constancia de que todo había sido obrado por un grupo de delincuentes juveniles, probablemente de la propia ciudad jarrera. Instaban a cualquier vecino a dar cualquier tipo de información, por mínima y poco interesante que pareciera.

                Todos sus intentos de convencer de su historia a los jarreros fueron en vano. La Radio, la directiva deportiva local, el ayuntamiento, la cofradía…Nadie les creía. Se dieron cuenta que tratando con adultos, y más con la fama que ostentaban, todas sus propuestas iban a caer en saco roto. Pero… ¿Y si buscaban solo al público juvenil? Entre ellos tenían bastante popularidad. En ese momento de incertidumbre, Pascual Oñate tuvo la idea de su vida. Y se puso manos a la obra.

                Convenció a todos sus amigos cercanos junto con Serafín de la historia. Afirmó que esto solo se solucionaría con una multitudinaria procesión a los riscos el fin de semana siguiente. Juntos establecieron los pasos a seguir y movieron hilos. Hablaron con los chavales más populares de cada quinta, para instigar a todos los jóvenes desde los 14 hasta la treintena, si era posible; fueron donde las peñas, llevarían sus carteles, blusas y pancartas; hablaron con chavales de la banda para que montaran charangas improvisadas. La idea era subir todos andando al son de la música hasta las campas de San Felices, donde almorzarían y se realizarían diferentes campeonatos: póker, mus, juegos para beber…Además de exhibiciones de capoeira, parkour, motocross… ¡Hasta un grupo de skaters de no más de 15 años montaría una mini rampa para hacer saltos! Todo iba sobre ruedas.

                Junto con varios conocidos bastante profesionales en el arte urbano y el diseño gráfico, decidieron hacer un bombardeo nocturno, y la mañana del miércoles las calles de Haro amanecieron plagadas de carteles anunciando el gran evento el sábado y de enormes y coloridos grafitis, algunos más subversivos que otros, del estilo: San Felices nos reclama, aquí ay-untamiento o la juventud se levanta. Muchos de ellos eran de enorme belleza, arte urbano en estado puro, aunque  muchos no lo vieron así. El ayuntamiento tachó la acción de desobediencia civil, cuatro desalmados y cosas por el estilo. Las redes sociales se hicieron eco del asunto y al parecer, jóvenes de poblaciones cercanas se unirían al acontecimiento.

                Muchas cuadrillas cercanas a la suya se unieron a la organización, y se optó también por montar cada una un carro con equipo de música para dar más ambiente a la subida. La idea más descabellada llegó de Serafín (no iba a ser menos) que planteó montar una rampa gigante de plástico mojado que acabara en un mini salto y una piscina prefabricada. Una especie de autos locos sobre agua. Una locura sublime. Varios bares comentaron con los organizadores, a escondidas, el montaje de barras en las inmediaciones, a precios populares, pese al a fuerte prohibición del acto por parte del gobierno local.

                El viernes por la noche, en la víspera de día D, Serafín y Pascual estaban agotados, pasando las últimas cajas con preparativos de un coche a otro en la plaza de la iglesia.

                — ¿La que hemos montau eh Pascuali? ¡Esto va a salir en todos los putos noticiarios!

                ­— Uf, no sé yo. ¿Y si la gente se borra y no viene ni Dios?

             — Hazte caso que no, y estoy seguro de que Dios, por mediación de San Felices, ha obrado más que nosotros en todo esto, y vendrá—. La carcajada rebotó en los arcos y desapareció por la calle del padre Risco en dirección al Bistrot.

 romeria

                Y Serafín tenía toda la razón del mundo. El día D a la hora H, la plaza de la Paz estaba más llena que nunca. Jóvenes de todas las edades charlaban en grupos, muchos de ellos disfrazados. Las peñas ondeaban sus carteles, había muchos carros con megáfonos, gente en bici, patinetes, algún que otro caballo, hasta una furgoneta llevaba detrás todos los instrumentos de un grupo de rock local que tocaría durante la subida. Ahora ya solo quedaba disfrutar. Y fue grandioso. Horas más tarde, las campas de San Felices era un ir y venir de chicos y chicas felices, cantando, bailando, saltando. Había actividades por todas partes. Los pocos policías que intentaron parar la subida, mandados por el ayuntamiento, se unieron a la fiesta al verse totalmente impotentes ante la marabunta juvenil. Sobre las 5 de la tarde, y mientras Serafín soltaba un discurso sobre el poder festivalero de los jóvenes jarreros, las miradas fueron ascendiendo poco a poco hacia lo alto, finalizando en un estallido de vítores y aplausos, que dicen se oyeron desde Miranda. Y es que la estatua había vuelto a su lugar de origen. Tan sorprendentemente como desapareció.

                A pocos metros de allí, en lo alto de una roca y con las manos entrelazadas a la espalda, Don Ángel Tostado Palomino, sonreía, orgulloso de lo que estaba viendo.

el lomo de wall street