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Asesinato en San Felices

De la plaza del ayuntamiento ya llegaban voces, cánticos y demás estruendos festivos, pero en aquel callejón adyacente reinaba la quietud y la calma. En un soportal empedrado, un claro guiño a épocas pasadas, José Luis Palomo se entrelazaba en un festival de amor juvenil a Sonia Gómez. Con aquella postura, al conquis, como le llamaban todos en el pueblo, le vino a la mente ese marisco tan delicioso del que tanto hablaba su padre, percebes debían llamarse, y al parecer se agarraban a la roca tanto o más como Sonia se agarraba ahora a él. No pudo evitar soltar una carcajada:

– Anda, vamos para la plaza ¡Qué nos van a dar las uvas! Y nunca mejor dicho.

Sin llegar a acabar la frase una sombra pasó fugaz por detrás de ellos, perdiéndose en otra callejuela perpendicular.

-¿Qué ha sido eso cari?

– Y yo que sé. Algún hurón buscando algo pa’ jalar. Venga tira.

Cuando penetraron en plena plaza el ruido ya era ensordecedor, e iba acompañado de las más coloridas luces apuntando a todas partes, provenientes de esos punteros láser que generaban hologramas de lo más gracioso, imitando y satirizando a los personajes públicos del momento. Y no era para menos, el año estaba a pocos minutos de acabar. Había sido uno de los mejores desde hacía mucho, y eso se notaba en las sonrisas de los allí presentes.

Sonia sonreía, era feliz, la vida no le brindaba más que buenos momentos y tenía toda la intención de seguir disfrutando de ella, empezando por aquella Nochevieja que se preveía épica. Avanzaron por entre la muchedumbre buscando un buen lugar desde el que ver el reloj del ayuntamiento, saludando a sus conocidos y amigos: Cristina Ozaeta les chilló desde un fondo con toda la efusividad que le permitían sus cortos brazos, Luca Argo a punto estuvo de desmontar las vértebras de José Luis al palmearle la espalda al grito de conquis cabronnnn! Los ojos claros de Sonia se cruzaron con los oscuros de Victoria Cantera, que la miraban como queriéndola analizar. Llevaba esas pestañas postizas tan de moda en esa época en las ciudades y que sobrepasaban la exageración, ya que casi llegaban a la línea del nacimiento del pelo. Allí era prácticamente una pionera. Las opiniones eran diversas, pero muchos decían que ya había superado lo de Palomo, que la dejó sin explicación hacía cosa de tres meses. Se rumoreaba que estaba con alguien del pueblo, pero no se sabía muy bien con quien. Pese a ello, Sonia decidió dirigir a José Luis a un lugar alejado de ella y su intuición femenina decía que la mirada de Victoria seguía clavada en su cogote.

Cuando los cuartos empezaron a sonar, Sonia escucho otro ruido más. Uno seco, corto, como el de un gran insecto al impactar contra el parabrisas. De repente, el conquis se desplomó boca abajo. Sonia permaneció bloqueada, en shock, sin decir ni hacer nada. Hasta allí llegaron rápido varios ciudadanos, entre ellos Jorge Lezana, el joven miembro de la guardia de San Felices, que levantó el cuerpo del desgraciado José Luis Palomo. Un disparo certero en el corazón, sencillo por otra parte con las balas dirigidas de última generación. Un fuerte ruido hizo levantar las cabezas hacia la cercana y tan bien conservada estatua del santo, donde un cuadricóptero mono-tripulado despegaba raudo y veloz hacia el oscuro cielo, perdiéndose entre las nubes bajas en dirección a la ruinas de Haro, iluminadas por aquellas llamas inextinguibles en lo alto de la atalaya. El reloj del ayuntamiento marcaba las 00:05 del 1 de enero de 2079.

A estas alturas, ávido lector, el desconcierto puede reinar en tu preciado cerebro. Pero no por mucho tiempo. Muchos y de gran índole fueron los acontecimientos que se desarrollaron hasta este preciso instante. En la segunda década del siglo XXI el consumo de hidrocarburos a nivel internacional llegó a límites insospechados, haciendo que las reservas mundiales escasearan peligrosamente. Todos querían controlar las fuentes naturales de residuos fósiles por lo que la guerra no tardó en llegar, la III guerra mundial, atroz e inhumana, sin precedentes. Ésta se llevó por delante a más de la mitad de la población. Todo valía: armas químicas, bombas atómicas, virus… La mitad de los países quedaron inhabitables. España, pese a no ser el foco principal de la brutalidad humana, no se quedó atrás. La lucha por el control de los pozos del cantábrico enfrentó al país en una guerra conocida en los libros de historia como “El Norte contra el Sur”.

Y llegamos a nuestra bella localidad, que no pudo evitar entrar en tan desgraciado conflicto al calificarla la capitanía norteña como punto de vital estrategia. Escuadrones andaluces bombardearon la ciudad y durante más de seis meses formó parte del frente que se extendía por todo el valle del Ebro. Afortunadamente la guerra terminó hace quince años. Los supervivientes, no más de cuatro mil personas, se toparon con una ciudad en llamas, parcialmente destruida. Los edificios que quedaron en pie estaban afectados por la nueva radioactividad, y muchos presentaban grandes fallos estructurales. Vivir allí se hizo imposible. Pero los habitantes de Haro no tiraron la toalla. Levantaron sus cansados brazos y se encomendaron a su santo, San Felices.

Si no podían reparar el pueblo que tanto querían, decidieron levantar uno de la nada, a las faldas de su alentador, que tantos milagros dicen realizó durante la guerra, salvando familias enteras. Que la estatua y ermita siguieran en pie ya fue milagroso de por sí. Tardaron años, pero con valentía y tesón, y con la inestimable ayuda de sus convecinos (mucho perdieron también en aquella odiosa guerra) cumplieron sus sueños. El nombre de Haro pasó a inspirar desconfianza, mala fortuna y tragedia. Ya pocos se acercaban a sus ruinas radioactivas. Por lo que decidieron llamar a su nueva ciudad San Felices.Se convirtió en ejemplo de superación, de trabajo en equipo, y las noticias de su inauguración traspasaron fronteras. Además la tierra quedó yerma y estéril, por lo que el cultivo del néctar de dioses, el mundialmente conocido vino de Haro literalmente se esfumó del mapa. Por ello, el motor de la economía pasó a ser el turismo, todo el mundo quería ver aquel pueblo levantado de la nada por sus valerosos habitantes, además de la modernidad de su nueva urbe.

La catástrofe vinícola no impidió que una tradición tan arraigada entre sus gentes como la batalla del vino continuara vigente. Todo lo contrario, se hizo aún más famosa si cabe y se le dio más protagonismo a San Felices, el que merecía. Ahora sus calles se tiñen de granate cada 29 de Junio.

Pero volvamos a aquel trágico 1 de enero. Dos horas después del incidente, controlado el pánico y el estupor que invadió la plaza del ayuntamiento y subido a la ermita en busca de pruebas, Jorge Lezana se acercaba en aeromóvil a Haro junto con cuatro de sus compañeros, armados y preparados para lo que habían sido entrenados.

Jorge solo tenía veintidós años y era la primera vez que iba a la ciudad de sus abuelos. Era la segunda generación en San Felices, y ya no tenían aquella morriña de las generaciones anteriores. Además, se había convertido en un lugar peligroso ya que muchos delincuentes de la zona se refugiaban allí. Era algo así como una ciudad sin ley. Aterrizaron en una explanada al lado de los antiguos juzgados y decidieron continuar a pie para moverse con sigilo.

Héctor Palacios, el segundo más joven del grupo, juraba y perjuraba que aquel cuadricóptero pertenecía al chulapo, un alocado forastero que llegó hacía cosa de dos años a San Felices. Héctor decía que podía reconocer el ruido de todos y cada uno de aquellos automóviles del pueblo y muchos validaban sus aptitudes. Al parecer el chulapo frecuentaba las ruinas, solo dios sabe por qué, con lo que esto, unido a la falta de otras pistas de utilidad, desencadenó tales investigaciones.

Se adentraron por la ventilla por orden del coronel. Su idea era encontrar a alguno de esos parásitos sociales para ver si sabían algo. Ya en sus primeros pasos, Jorge Lezana no podía creer lo que veían sus ojos. El paisaje era desolador, digno de película de terror. Lo primero que le sorprendió fue que todo era de un gris tenue, faltaba color y alegría en aquel lugar. El polvo tapaba absolutamente todo a lo largo de aquella estrecha calle que llegaba hasta la Plaza de La Cruz. Edificios inertes, desmembrados en su interior, algunos solo con los restos de una fachada otrora señorial. En la mitad de su recorrido, allá donde el viejo alquitrán comienza a ascender, vislumbraron los primeros signos de vida. De uno de los pocos edificios preservados casi en su totalidad salía una luz tenue, intermitente y móvil, la proveniente de unas llamas oscilantes.

Ya dentro del edificio, arma en mano, inspeccionaron sala por sala, pero no encontraron nada de utilidad. Periódicos y maderas que usaban como combustible, algún que otro libro de los antiguos, de los de papel, muchas bolsas de plástico y botellas de vidrio. Aquella gente seguía viviendo como en el siglo pasado. Al final del pasillo, la luz era más fuerte y al acercarse descubrieron un bulto inmóvil pegado a la hoguera:

– ¡Qué coño queréis! Marchar y dejarme en paz, mecagónsatanás. No sé qué chorras pintáis aquí.

La voz sonaba ronca, le costaba respirar. Sin duda la radiación pasaba factura.

– Solo buscamos al chulapo ¿Lo conoces? ¿Sabes dónde suele venir?

– Ese desgraciado no ha hecho nada malo. Alguien le está utilizando, siempre habla de esa mujer…- Se vio interrumpido por una fuerte tos. Escupió y un gapo sangriento se pegó a lo lejos.

– ¿Qué mujer? Dinos donde se esconde. Ha matado a un hombre en San Felices.

– Si eso es cierto…no habrá sido por voluntad propia. Estará…en el Palacio de la Cruz…

No había terminado la frase cuando el coronel ya estaba bajando de tres en tres las escaleras camino de la calle con un “será canalla” entre dientes. El viejo coronel a sus 71 años era el héroe local. Salvó a cientos de personas en la guerra cuando solo era un chaval, luchó en el frente durante meses y fue uno de los artífices de la reconstrucción. Su amor al viejo pueblo seguía intacto y era proclive a preservar y restaurar los edificios emblemáticos. Por eso le jodía saber que alguien pudiera estar deteriorando tan bello edificio.

Era inverosímil pensar que edificios de este siglo habían caído como la mantequilla y un palacio del Siglo XVIII continuara en pie, desafiando al tiempo. Pero ahí seguía, esbelto, tan señorial como siempre lo fue, quizás algo más oscuro, pero eso para nada afeaba su fachada. Jorge Lezana se permitió un instante de observación antes de seguir a sus camaradas hacia el interior: tres plantas en piedra arenisca de la que ya no se utilizaba, con seis ventanales de un estilo muy característico (luego le dijeron se llamaba barroco), decoración curvilínea que le encantó. Entre los balcones un impresionante escudo señorial en el que pudo distinguir una efigie humana con la boca abierta. Si se hubiera fijado con más detenimiento, Jorge hubiera avistado el escudo de la familia Rabanera de Haro, en el segundo cuadrante de la heráldica, antecesores suyos. Pero ese dato se había perdido en la historia convulsa. Al bajar la cabeza, un águila imperial flanqueaba aquel arco de medio punto que le dejó con la boca abierta. Su puerta de madera se quemó durante la guerra por lo que allí solo quedaba una oquedad negra como el tizón. Y hacia allí se dirigió instantes después de que un trágico y desagradable grito saliera del edificio, creando un eco que atravesó todas las calles de Haro.

– Hemos llegado tarde, se acaba de ahogar en su propia sangre.

El chulapo yacía inerte en el suelo encima de un charco de sangre morado como aquel vino que tantas alegrías proporcionó a la ciudad. Su cuello, abierto de lado a lado, no impresionaba tanto como aquellos ojos abiertos de par en par, congelados en el pánico. En el pequeño habitáculo solo iluminado por las linternas de los allí presentes, no había prácticamente nada: una vieja silla, un desvencijado canapé tirado en el suelo y un viejo televisor estropeado. La ventana entreabierta dejaba ver el cuadricóptero que horas antes despegaba de la ermita de San Felices. El coronel se agachó junto al cadáver todavía caliente, llevó la mano a la chaqueta militar del chulapo y de su cuello extrajo dos filamentos largos como un dedo índice, ligeramente curvados, flexibles. Sus experimentados ojos inspeccionaron aquellas hebras más gruesas que un hilo, y su cara se transformó en una mueca de victoria:

– Está más que claro, las pistas no dejan lugar a la duda, solo ha podido ser obra de…

Pascual Oñate se despertó en las campas de San Felices, algo pedo todavía. Una rápida ojeada le bastó para ver que todo seguía en orden. Levantó la cabeza y respiró tranquilo, la estatua seguía allí. – Eh Ayala, guapa, no te vas a creer lo que he soñado… (Continuará, aunque quizás ya sepas quien es el culpable 😉

A orillas del Tirón

              La mañana era fría pese a la época del año, ya bien entrados en mayo. Una densa  neblina pegada a los chopos del Tirón no permitía distinguir con exactitud los primeros edificios de la ciudad. Aquella ciudad que se mantenía viva en su mente, pero que presentía solo estaría allí, en su subconsciente, tal y como la conocía.

             En los pocos minutos que habían pasado desde que se apeó del tren que le trajo allí, Ismael Aduna ya pudo apreciar el paso del tiempo a su alrededor. La estación había sido reformada pero con esas, ni un alma presenció su llegada. Aún recordaba de joven cuando después de las navidades acudía con sus padres a despedir a los familiares que habían pasado tan entrañables fechas en la localidad jarrera. El andén estaba siempre repleto de locales despidiendo a sus seres queridos, una imagen que a él siempre le encantaba, ya que le recordaba a las películas de Hollywood.

           Eso mismo le vino a la mente al distinguir el nombre de la ciudad en lo alto de la atalaya. Que moderno, pensó. Solo le falta un funicular para llegar hasta allí. El mirador tampoco era el mismo, y decidió que sería el primer sitio al que iría. Sin embargo, algo le pareció inmutable al paso del tiempo. El barrio de las bodegas. La mayor congregación de bodegas centenarias del mundo, se dijo con orgullo. Un orgullo que, pese a todos los años pasados fuera, mantenía consigo gracias a los recortes de periódicos y noticias digitales impresas que guardaba como oro en paño. Una parte de él nunca se fue de allí.

             Releyó la carta de su viejo amigo Julio Viribay por enésima vez. “Pásate por el puente del Bobadilla a tu llegada”. En un primer momento le sorprendió un lugar de reunión tan extraño, pero en aquellos tiempos, aquello podría ser una zona recreativa o algo por el estilo. Sus andares eran inseguros, los de alguien que pisa terreno no muy firme por primera vez. Estaba nervioso, no las tenía todas consigo pese a las palabras tranquilizadoras de su amigo. Tuvo que pasarse a la margen izquierda del Tirón ya que por esa parte vio el puente derruido y tras un rodeo de mil demonios llegó a un skate-park. No andaba muy desencaminado.

               Un solitario niño patinaba ajeno a la llegada de Ismael y en lo alto del puente, la silueta de un hombre alto, con una espesa barba ya poblada de canas y las manos en los bolsillos de una chaqueta de lana, lo miraba fijamente. Sus ojos lo analizaban, como queriendo recordar. Al poco, una sonrisa apareció en la cara de aquel hombre.

Párrafo de separación

          —34 años. Se dice pronto. —Ambos observaban al nieto de Julián desde un frío y pálido banco de piedra al lado del skate-park. Se empeñaba en subir a lo más alto de la U con sus patines nuevos sin conseguirlo, y ahora daba vueltas y vueltas alrededor.

                —Es mucho tiempo. Pero aún lo recuerdo como si fuera ayer.

              Ismael se hundía en su memoria. Una enjuta mochila, 10.000 pelas en el bolso y una tarjeta con la dirección de un familiar en Madrid. Así huyó del pueblo que lo había visto nacer y crecer, sin echar la vista atrás. La mala suerte se cebó con él un 25 de Junio, patrón de la ciudad. Ismael disfrutaba con sus amigos, Julio incluido, de las fiestas patronales. Bailaban, cortejaban a las chicas y bebían. Era por aquella época un joven apuesto, y como tal, triunfaba entre el colectivo femenino jarrero y de la comarca. También era muy popular en el pueblo entre los chicos, pescaba como el mejor a orillas del Tirón, nadaba increíblemente bien y bebía en porrón de mil formas diferentes. Eso creaba también algunas envidias y rencores, y esto unido a unos cuantos empujones y algo de alcohol en sangre originó una trifulca con Sebastián Jiménez y su cuadrilla. La verdad fue que Ismael no buscó la greña en ningún momento, pero Sebastián, celoso por el último escarceo de Ismael con la espectacular Juanita Martínez, si lo hizo. Las amenazas y empujones los acabaron llevando a la calleja San Roque, justo detrás del palacio de las Bezaras, donde justamente se estaba reformando la fachada del edificio contiguo. Ismael evitó en todo momento los puñetazos y mamporros lanzados al aire por Sebas, en incluso se llegó a subir al andamio para huir. Sebastián le siguió, y en uno de esos intentos de golpearle, Ismael hizo una finta que Sebas se tragó, desequilibrándose hasta caer en uno en los andamios a medio montar, ensartándose en él. A los 3 días moría en el Hospital en Logroño. La familia de Sebastián estaba envuelta en turbios negocios, todo el mundo sabía que sobornaban a la policía para mantener su impunidad, y no dudaban en usar las más oscuras e ilegales técnicas para obtener sus objetivos. Sabiendo esto, sobran las explicaciones.

               — ¿Entonces es cierto? — Dijo Ismael mientras se encendía un Malboro y ofrecía otro a su compañero.

          —Sí. El hijo de Sebas murió hace una semana de un cáncer. Todos los hermanos fallecieron ya salvo Labionegro, pero está totalmente senil. Además, los Jiménez, ya no son lo que eran. Los planes de venganza han tenido que pasar a mejor vida.

                —No me jodas Julito. ¿Y si alguien lo recuerda?

               —Te aseguro que no hay peligro. No hay arma más letal que el paso del tiempo, y en este caso, el tiempo ha sido más que suficiente. Anda vamos al Suizo, que hay que ponerse al día ¿A qué te has dedicado? ¿Pescador de siluros profesional en el Duero? ¿Costalero? Maldito Isma ¡El terror de las nenas! — La carcajada rebotó en el alero del frontón, se metió en los arcos del puente y se perdió por la antigua playa.

Párrafo de separación

             Ismael paseaba por los jardines de la Vega, preciosos en aquella época. Lo tajetes y alegría se combinaban con nuevas variedades de plantas asiáticas, más baratas y resistentes. Hacía un sol radiante y la Basílica brillaba con especial ilusión. Sentía bailar en la cabeza los dos vinos que había tomado con Matías el humilde en uno de los bares nuevos de la Avenida de la Rioja, no recordaba el nombre. Todo está muy cambiado, se repetía una y otra vez. Las primeras semanas en el pueblo habían sido intensas, plagadas de visitas a casas de amigos, cenas y muchas copas y farias a cuenta de los viejos conocidos. Había que recuperar el tiempo perdido, gritaban sin dejarle tiempo ni para respirar.

              Aquel primer día se habían reunido casi todos en Las Cigüeñas. Los abrazos y saltos efusivos dejaron paso a una cena que tuvo de todo menos de frugal y en la que no hubo un solo momento de silencio. Joder bala, como te has echado a perder. Pues anda que tú, ¿Todavía sigues poniendo motes a todo cristo? ¿Y el cabronazo del Lopetegui? Con pancreatitis en Basurto. Como está el patio. Juanito ahora no pasa un solo día sin ir al venajo, el que odiaba hasta ir al moro en la jira y míralo. Ya no hacen vinos como los de antes eh. Anda calla Campo, si a ti te da igual cesta que ballesta. Ehhh chusticiero, cántate una que te seguimos, ¡por los viejos tiempos!

              Cuando se dio cuenta subía la calle La Vega hacia arriba, pero al llegar a la altura del Bretón giró a la derecha por la Calzada (para él siempre sería la Calzada). Procuraba evitar el Palacio de la Bezaras, cuando se acercaba una sensación de malestar se apoderaba de él, haciéndole flaquear, incluso aunque no llegara a verlo.

            Bajó por la Arrabal y cuando llegó a la parada de vagos, más erosionada aun de como la recordaba, se paró en seco, observando lo que fue el centro neurálgico de su vida hasta aquel fatídico día. Vio el enorme nido de cigüeñas impasible al paso del tiempo. Abajo, de un marrón ocre, se distinguían los escudos señoriales que presidian el edificio. A su derecha, el palacio de Bendaña, totalmente reformado, con un acabado en lo alto sublime, de vigas de madera horizontales y una gran cristalera que hacía olvidar los antiguos paneles de madera de estilo mudéjar. Los árboles eran nuevos, e Ismael pensó que no pegaban nada con la plaza de la Paz, pero muchas más atrocidades tenían que cometerse para que le dejara de gustar aquel lugar. Cuando llegó al nuevo mural al inicio de la calle santo Tomás, se recordó a él mismo, años atrás, cuando junto con Julián, hartos de vino los dos, corrían por toda la Ventilla perseguidos por el jefe de policía. Acababan de volcar en medio de la calle 5 barcas de pescado con todo su respectivo hielo, dejando un gustoso olor y la calle como una lonja gallega.

Mural Haro

            Al subir por la calle Santo Tomás, siempre admirándose de cómo habían hecho para que la torre de la parroquia quedara clavada justo en el hueco entre las dos paredes de fachadas de la calle dejando una foto de revista de viajes, recaló en un pequeño hombre de tez morena que no le quitaba ojo de encima. Cuando fue a decirle algo, el fulano se metió por la calle de la Paz, desapareciendo al momento. En esas llegó al número 17 y abrió el pequeño portal, subiendo por las viejas escalera de madera más nervioso que una gelatina encima de un altavoz. Entro al pequeño y destartalado piso y se sentó rápidamente en el sofá, agarrando la botella de vino. La modesta morada era una vieja herencia de una tía abuela suya sin descendientes, que recibió hacía 10 años pero que, lógicamente, no había pisado hasta su retorno.

               Permaneció allí, sentado, más de una hora. No podía ser. Solo lo había visto un instante, pero no había duda. Aquel hombre era igualito a Sebastián Jiménez. Y por cómo le miró en la calle, él también lo había reconocido. Un torbellino de ideas le recorrió la cabeza. Entre ellas estaba la idea de volver a huir. No. Se negaba a hacerlo por segunda vez. Debía ir a casa de Julián, en la zona nueva. Él le ordenaría las ideas y daría claridad a sus dudas. Rápidamente cogió el sombrero, la chaqueta y al pasar por el recibidor vio una pequeña navaja oxidada pero aun servible. Por si acaso, pensó.

           Nada más salir a la calle, a unos 10 metros, se topó con 4 personas, una de ellas el mismo hombre que había visto antes, dos jóvenes más bien regordetes, uno de ellos alto y con un bate de beisbol, el otro, más menudo, empujando una silla de ruedas, donde Ismael reconoció a duras penas a Labionegro. Joder con Julito, que estaba senil dijo el mequetrefe.

            —Vaya vaya, el cobarde vuelve a su castillo. ¿Aún me recuerdas, Aduna? —El gesto del abuelo vino rápido, sin contemplaciones. Una mirada al del bate y un movimiento de barbilla hacia Ismael. Ningún intercambio de palabras, ni búsqueda de explicaciones. Había pasado demasiado tiempo como para perder la oportunidad. Pero Ismael se olió su sentido antes de que el mozalbete echara un pie adelante y blandiera el arma blanca.

                 Y no se lo pensó dos veces. Giro el cuerpo hacia arriba, torció rápidamente hacia la plaza San Martín (no la recordaba tan limpia e inclinada) y descendió como alma que lleva el viento por la costanilla, oyendo a sus espaldas los fuertes taconeos de los dos chavales, que tardaron un tiempo en reaccionar, esperando la orden de Labionegro: ¡A que esperáis canallas, tras él!

            Hacía tiempo que Ismael no corría, pero aún a su edad, se mantenía en buena forma, gracias a los paseos en bicicleta por las calles de Valladolid todas las mañanas durante años y años. En esos momentos, pensar se antoja algo difícil, pero el cuerpo, en lucha por sobrevivir, saca lo mejor de sí, y los pensamientos fluían rápidos por su cabeza. Se decidió a bajar hasta el Ferial y allí girar a la derecha, para, si le aguantaba el resuello, llegar hasta el venajo a los pies del puente del ferrocarril, donde con suerte estaría el bueno de Juan Cantabrana y sus dos carabinas Anschüts modelo 520.

                Su perseguidores recortaban distancia, y el sentía más y más calor. El gorro había volado a las primeras de cambio y la chaqueta le sobraba, así que soltó el botón que la cerraba, y la suave seda interior hizo que saliera sin problemas, dejándola perfectamente doblada en medio de la calle. Y la providencia quiso que al pasar por allí, uno de los dos contrincantes en la carrera de su vida, el más bajo y gordo de ellos, tropezara, dándose de bruces contra la piedra, dejándose un bonito surco de sangre alrededor de su nariz, llena de chinas incrustadas cual diamante en un anillo de compromiso.

             1 a 0. Pero este partido se gana a dos tantos, y el otro iba a estar más difícil. Lástima no hubiera caído el del bate. Bajó las interminables escaleras al final de la calle San Felices de 3 en 3. Al pasar por el Ferial y su parking contiguo pensó en las guerras de piedra y bufos que hacían allí de mozos. Joder majo, tú en estas y te pones a pensar en los buenos tiempos. También recordó a alguna que otra de sus conquistas, siempre solía llevárselas allí para hacerse el romántico a orillas del río.

              Quedaban unos 200 metros para la meta cuando se percató de que dos niñas de unos 12 años le gritaban desde la orilla del río y señalaban al mismo con efusivas brazadas al aire. Alguien había caído al agua. El camino iba acercándose a la margen del río, y al poco divisó una niña dentro del agua, asomando a duras penas la cabeza a la superficie, chapoteando en balde. Ismael no se lo pensó y se zambulló en el agua. De una mala, tras sacarla, pasaría a la otra orilla y desde allí gritaría a Juanito. Seguía siendo un nadador excelente y no tardó en llegar hasta la niña, ya totalmente exhausta y sin aire, momentos antes de que se sumergiera en el agua para siempre.

             — ¡Catalina, Catalina! Ahí mi hermana, menos mal. — Oyó decir a su espalda, con el aliento entrecortado, a su joven perseguidor—Tráela, tráela aquí, te juro que no te haré nada­. — Ismael obedeció y la sacó, tendiéndola en el suelo, inconsciente.

Párrafo de separación

               Los sanitarios (tras la paliza de carrera que se había pegado,  no sabía distinguir entre camilleros, ATS y médicos) no paraban ni un instante, y en cosa de 10 minutos desde que llegaron consiguieron estabilizar a la niña y colocarla en una camilla, calmando a los familiares. Hasta el lugar habían llegado Labionegro, el hombre pequeño y moreno, además de algunos parientes más, Juanito, que llegó corriendo desde el venajo al oír los gritos, los niños asustados, una pareja de la guardia civil y algunos transeúntes y curiosos varios.

              Catalina resultó ser la nieta del fallecido Sebastián Jiménez, sobrina-nieta de Labionegro y hermana del joven perseguidor, que rápidamente contó a su tío-abuelo el rescate por parte de Ismael. El huraño anciano lo miró fijamente, esbozó una leve sonrisa e hizo un gesto de complicidad, pero nada más. La guerra estaba zanjada. Al secarse, se palpó el bolsillo del pantalón, y riendo para adentro, movió entre sus dedos la oxidada navaja, que había olvidado por completo.

                  Y así, Ismael Aduna pudo disfrutar por el resto de sus días de las calles y jardines de su añorada ciudad natal. 34 años después Haro volvía a ser su alegría, su casa, su vida.