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Asesinato en San Felices

De la plaza del ayuntamiento ya llegaban voces, cánticos y demás estruendos festivos, pero en aquel callejón adyacente reinaba la quietud y la calma. En un soportal empedrado, un claro guiño a épocas pasadas, José Luis Palomo se entrelazaba en un festival de amor juvenil a Sonia Gómez. Con aquella postura, al conquis, como le llamaban todos en el pueblo, le vino a la mente ese marisco tan delicioso del que tanto hablaba su padre, percebes debían llamarse, y al parecer se agarraban a la roca tanto o más como Sonia se agarraba ahora a él. No pudo evitar soltar una carcajada:

– Anda, vamos para la plaza ¡Qué nos van a dar las uvas! Y nunca mejor dicho.

Sin llegar a acabar la frase una sombra pasó fugaz por detrás de ellos, perdiéndose en otra callejuela perpendicular.

-¿Qué ha sido eso cari?

– Y yo que sé. Algún hurón buscando algo pa’ jalar. Venga tira.

Cuando penetraron en plena plaza el ruido ya era ensordecedor, e iba acompañado de las más coloridas luces apuntando a todas partes, provenientes de esos punteros láser que generaban hologramas de lo más gracioso, imitando y satirizando a los personajes públicos del momento. Y no era para menos, el año estaba a pocos minutos de acabar. Había sido uno de los mejores desde hacía mucho, y eso se notaba en las sonrisas de los allí presentes.

Sonia sonreía, era feliz, la vida no le brindaba más que buenos momentos y tenía toda la intención de seguir disfrutando de ella, empezando por aquella Nochevieja que se preveía épica. Avanzaron por entre la muchedumbre buscando un buen lugar desde el que ver el reloj del ayuntamiento, saludando a sus conocidos y amigos: Cristina Ozaeta les chilló desde un fondo con toda la efusividad que le permitían sus cortos brazos, Luca Argo a punto estuvo de desmontar las vértebras de José Luis al palmearle la espalda al grito de conquis cabronnnn! Los ojos claros de Sonia se cruzaron con los oscuros de Victoria Cantera, que la miraban como queriéndola analizar. Llevaba esas pestañas postizas tan de moda en esa época en las ciudades y que sobrepasaban la exageración, ya que casi llegaban a la línea del nacimiento del pelo. Allí era prácticamente una pionera. Las opiniones eran diversas, pero muchos decían que ya había superado lo de Palomo, que la dejó sin explicación hacía cosa de tres meses. Se rumoreaba que estaba con alguien del pueblo, pero no se sabía muy bien con quien. Pese a ello, Sonia decidió dirigir a José Luis a un lugar alejado de ella y su intuición femenina decía que la mirada de Victoria seguía clavada en su cogote.

Cuando los cuartos empezaron a sonar, Sonia escucho otro ruido más. Uno seco, corto, como el de un gran insecto al impactar contra el parabrisas. De repente, el conquis se desplomó boca abajo. Sonia permaneció bloqueada, en shock, sin decir ni hacer nada. Hasta allí llegaron rápido varios ciudadanos, entre ellos Jorge Lezana, el joven miembro de la guardia de San Felices, que levantó el cuerpo del desgraciado José Luis Palomo. Un disparo certero en el corazón, sencillo por otra parte con las balas dirigidas de última generación. Un fuerte ruido hizo levantar las cabezas hacia la cercana y tan bien conservada estatua del santo, donde un cuadricóptero mono-tripulado despegaba raudo y veloz hacia el oscuro cielo, perdiéndose entre las nubes bajas en dirección a la ruinas de Haro, iluminadas por aquellas llamas inextinguibles en lo alto de la atalaya. El reloj del ayuntamiento marcaba las 00:05 del 1 de enero de 2079.

A estas alturas, ávido lector, el desconcierto puede reinar en tu preciado cerebro. Pero no por mucho tiempo. Muchos y de gran índole fueron los acontecimientos que se desarrollaron hasta este preciso instante. En la segunda década del siglo XXI el consumo de hidrocarburos a nivel internacional llegó a límites insospechados, haciendo que las reservas mundiales escasearan peligrosamente. Todos querían controlar las fuentes naturales de residuos fósiles por lo que la guerra no tardó en llegar, la III guerra mundial, atroz e inhumana, sin precedentes. Ésta se llevó por delante a más de la mitad de la población. Todo valía: armas químicas, bombas atómicas, virus… La mitad de los países quedaron inhabitables. España, pese a no ser el foco principal de la brutalidad humana, no se quedó atrás. La lucha por el control de los pozos del cantábrico enfrentó al país en una guerra conocida en los libros de historia como “El Norte contra el Sur”.

Y llegamos a nuestra bella localidad, que no pudo evitar entrar en tan desgraciado conflicto al calificarla la capitanía norteña como punto de vital estrategia. Escuadrones andaluces bombardearon la ciudad y durante más de seis meses formó parte del frente que se extendía por todo el valle del Ebro. Afortunadamente la guerra terminó hace quince años. Los supervivientes, no más de cuatro mil personas, se toparon con una ciudad en llamas, parcialmente destruida. Los edificios que quedaron en pie estaban afectados por la nueva radioactividad, y muchos presentaban grandes fallos estructurales. Vivir allí se hizo imposible. Pero los habitantes de Haro no tiraron la toalla. Levantaron sus cansados brazos y se encomendaron a su santo, San Felices.

Si no podían reparar el pueblo que tanto querían, decidieron levantar uno de la nada, a las faldas de su alentador, que tantos milagros dicen realizó durante la guerra, salvando familias enteras. Que la estatua y ermita siguieran en pie ya fue milagroso de por sí. Tardaron años, pero con valentía y tesón, y con la inestimable ayuda de sus convecinos (mucho perdieron también en aquella odiosa guerra) cumplieron sus sueños. El nombre de Haro pasó a inspirar desconfianza, mala fortuna y tragedia. Ya pocos se acercaban a sus ruinas radioactivas. Por lo que decidieron llamar a su nueva ciudad San Felices.Se convirtió en ejemplo de superación, de trabajo en equipo, y las noticias de su inauguración traspasaron fronteras. Además la tierra quedó yerma y estéril, por lo que el cultivo del néctar de dioses, el mundialmente conocido vino de Haro literalmente se esfumó del mapa. Por ello, el motor de la economía pasó a ser el turismo, todo el mundo quería ver aquel pueblo levantado de la nada por sus valerosos habitantes, además de la modernidad de su nueva urbe.

La catástrofe vinícola no impidió que una tradición tan arraigada entre sus gentes como la batalla del vino continuara vigente. Todo lo contrario, se hizo aún más famosa si cabe y se le dio más protagonismo a San Felices, el que merecía. Ahora sus calles se tiñen de granate cada 29 de Junio.

Pero volvamos a aquel trágico 1 de enero. Dos horas después del incidente, controlado el pánico y el estupor que invadió la plaza del ayuntamiento y subido a la ermita en busca de pruebas, Jorge Lezana se acercaba en aeromóvil a Haro junto con cuatro de sus compañeros, armados y preparados para lo que habían sido entrenados.

Jorge solo tenía veintidós años y era la primera vez que iba a la ciudad de sus abuelos. Era la segunda generación en San Felices, y ya no tenían aquella morriña de las generaciones anteriores. Además, se había convertido en un lugar peligroso ya que muchos delincuentes de la zona se refugiaban allí. Era algo así como una ciudad sin ley. Aterrizaron en una explanada al lado de los antiguos juzgados y decidieron continuar a pie para moverse con sigilo.

Héctor Palacios, el segundo más joven del grupo, juraba y perjuraba que aquel cuadricóptero pertenecía al chulapo, un alocado forastero que llegó hacía cosa de dos años a San Felices. Héctor decía que podía reconocer el ruido de todos y cada uno de aquellos automóviles del pueblo y muchos validaban sus aptitudes. Al parecer el chulapo frecuentaba las ruinas, solo dios sabe por qué, con lo que esto, unido a la falta de otras pistas de utilidad, desencadenó tales investigaciones.

Se adentraron por la ventilla por orden del coronel. Su idea era encontrar a alguno de esos parásitos sociales para ver si sabían algo. Ya en sus primeros pasos, Jorge Lezana no podía creer lo que veían sus ojos. El paisaje era desolador, digno de película de terror. Lo primero que le sorprendió fue que todo era de un gris tenue, faltaba color y alegría en aquel lugar. El polvo tapaba absolutamente todo a lo largo de aquella estrecha calle que llegaba hasta la Plaza de La Cruz. Edificios inertes, desmembrados en su interior, algunos solo con los restos de una fachada otrora señorial. En la mitad de su recorrido, allá donde el viejo alquitrán comienza a ascender, vislumbraron los primeros signos de vida. De uno de los pocos edificios preservados casi en su totalidad salía una luz tenue, intermitente y móvil, la proveniente de unas llamas oscilantes.

Ya dentro del edificio, arma en mano, inspeccionaron sala por sala, pero no encontraron nada de utilidad. Periódicos y maderas que usaban como combustible, algún que otro libro de los antiguos, de los de papel, muchas bolsas de plástico y botellas de vidrio. Aquella gente seguía viviendo como en el siglo pasado. Al final del pasillo, la luz era más fuerte y al acercarse descubrieron un bulto inmóvil pegado a la hoguera:

– ¡Qué coño queréis! Marchar y dejarme en paz, mecagónsatanás. No sé qué chorras pintáis aquí.

La voz sonaba ronca, le costaba respirar. Sin duda la radiación pasaba factura.

– Solo buscamos al chulapo ¿Lo conoces? ¿Sabes dónde suele venir?

– Ese desgraciado no ha hecho nada malo. Alguien le está utilizando, siempre habla de esa mujer…- Se vio interrumpido por una fuerte tos. Escupió y un gapo sangriento se pegó a lo lejos.

– ¿Qué mujer? Dinos donde se esconde. Ha matado a un hombre en San Felices.

– Si eso es cierto…no habrá sido por voluntad propia. Estará…en el Palacio de la Cruz…

No había terminado la frase cuando el coronel ya estaba bajando de tres en tres las escaleras camino de la calle con un “será canalla” entre dientes. El viejo coronel a sus 71 años era el héroe local. Salvó a cientos de personas en la guerra cuando solo era un chaval, luchó en el frente durante meses y fue uno de los artífices de la reconstrucción. Su amor al viejo pueblo seguía intacto y era proclive a preservar y restaurar los edificios emblemáticos. Por eso le jodía saber que alguien pudiera estar deteriorando tan bello edificio.

Era inverosímil pensar que edificios de este siglo habían caído como la mantequilla y un palacio del Siglo XVIII continuara en pie, desafiando al tiempo. Pero ahí seguía, esbelto, tan señorial como siempre lo fue, quizás algo más oscuro, pero eso para nada afeaba su fachada. Jorge Lezana se permitió un instante de observación antes de seguir a sus camaradas hacia el interior: tres plantas en piedra arenisca de la que ya no se utilizaba, con seis ventanales de un estilo muy característico (luego le dijeron se llamaba barroco), decoración curvilínea que le encantó. Entre los balcones un impresionante escudo señorial en el que pudo distinguir una efigie humana con la boca abierta. Si se hubiera fijado con más detenimiento, Jorge hubiera avistado el escudo de la familia Rabanera de Haro, en el segundo cuadrante de la heráldica, antecesores suyos. Pero ese dato se había perdido en la historia convulsa. Al bajar la cabeza, un águila imperial flanqueaba aquel arco de medio punto que le dejó con la boca abierta. Su puerta de madera se quemó durante la guerra por lo que allí solo quedaba una oquedad negra como el tizón. Y hacia allí se dirigió instantes después de que un trágico y desagradable grito saliera del edificio, creando un eco que atravesó todas las calles de Haro.

– Hemos llegado tarde, se acaba de ahogar en su propia sangre.

El chulapo yacía inerte en el suelo encima de un charco de sangre morado como aquel vino que tantas alegrías proporcionó a la ciudad. Su cuello, abierto de lado a lado, no impresionaba tanto como aquellos ojos abiertos de par en par, congelados en el pánico. En el pequeño habitáculo solo iluminado por las linternas de los allí presentes, no había prácticamente nada: una vieja silla, un desvencijado canapé tirado en el suelo y un viejo televisor estropeado. La ventana entreabierta dejaba ver el cuadricóptero que horas antes despegaba de la ermita de San Felices. El coronel se agachó junto al cadáver todavía caliente, llevó la mano a la chaqueta militar del chulapo y de su cuello extrajo dos filamentos largos como un dedo índice, ligeramente curvados, flexibles. Sus experimentados ojos inspeccionaron aquellas hebras más gruesas que un hilo, y su cara se transformó en una mueca de victoria:

– Está más que claro, las pistas no dejan lugar a la duda, solo ha podido ser obra de…

Pascual Oñate se despertó en las campas de San Felices, algo pedo todavía. Una rápida ojeada le bastó para ver que todo seguía en orden. Levantó la cabeza y respiró tranquilo, la estatua seguía allí. – Eh Ayala, guapa, no te vas a creer lo que he soñado… (Continuará, aunque quizás ya sepas quien es el culpable 😉

La estatua perdida

         Como cada domingo, Pascual Oñate preparaba todos los bártulos para su paseo ciclista por los montes Obarenes. Le acompañaba su incondicional amigo (desde la guardería, solían repetir con orgullo) Serafín Hernández. Pese a que eran jóvenes todavía, habían dejado de frecuentar la Herradura los viernes y sábados, decían que ya no encontraban nada nuevo ni motivador.

                Pero no era solo eso. Detestaban en qué se había convertido la juventud jarrera, más pendiente de pillarse el pedal del siglo finde tras finde que de disfrutar del bello lugar que les había tocado vivir. Y ellos se disponían a disfrutarlo. 10 minutos antes de la hora de siempre, Pascual llegaba con su flamante Orbea Ocamm H50—3 meses de ahorros y una ayudita de los padres—a la plaza de la iglesia. Serafín vivía en un modesto estudio en la calle Garrás, herencia de un tío paterno sin descendencia. Aquel lugar le encantaba, por su belleza y por los recuerdos.

         En su mente recordaba allí algunas noches de bailoteos en conciertos de grupos para él y su cuadrilla muy conocidos, pero para pocos más; y muchas más noches sentados al resguardo de los arcos de piedra ocre que guarnecían por mucho tiempo la espectacular portada de la parroquia, bebiendo rioja libre y riendo durante horas.

           La plaza era una conjunción de diferentes tonalidades de marrón, muy característico de la zona. Varios edificios cerraban en semicírculo sobre su edificio principal, la gran portada de la parroquia, de un gótico sobrecargado que a Pascual sobrecogía desde pequeño, pese a no ser muy dado en la materia. Enfrente, 5 arcos de medio punto con varias balconadas y un mirador blanco típico de la localidad. A la derecha el edificio de la cofradía, donde 3 grandes pilastras sujetaban dos pisos de fachada con ladrillos superpuestos. En una esquina, el edificio más espectacular para Oñate de todo Haro, el palacio de los condes de Haro, una casa señorial con un enorme escudo esculpido en piedra custodiado por dos columnas también labradas en la pared.

— Eh ¡empanao! ¿Te has enamorau o qué?

—  Joder Serafín, que susto. ¿Llegarás algún día puntual?

— Tío, que ayer me lié. Fui a echar 2 vinos con el Luisen y los viribays y se me piró. ¡Acabé en el brutal dándole al futbolín y toda la ostia! Anda vamos, a ver si me sigues el ritmo.

                Y salió disparado por la calle Santo Tomás. Bajaron como balas por la calle Navarra y en menos de 1 minuto estaban subiendo camino de San Felices. Desde que empezaran con la bicicleta más en serio, hace ya un año, siempre subían hasta los riscos de Bilibio, para calentar, decían entre sonrisas. A estas alturas ya se conocían todos los caminos, sendas y veredas desde la cantera hasta Cellorigo como la palma de su mano.

                El día era perfecto, hacía un Sol de justicia, y ya encaraban la cuesta final, un rompepiernas atroz, final de su calentamiento, cuando Pascual levanto la cabeza hacia la estatua del santo, o hacia donde debería estar.

San Felices

— Pero que co…

— ¡Si no está!

                Y es que la estatua de San felices, de unos tres metros y medio de alto, sin contar la base, hecha de piezas de hormigón, había desaparecido como por arte de magia. Estupefactos, flipando, que dirían ellos, los dos amigos subieron a pie por las escaleras a la ermita hasta la base de la estatua. Allí las vistas eran espectaculares, Pascual nunca dejaba de sorprenderse. El día era perfecto y se divisaba sin problema toda la Rioja Alta con los viñedos comenzando a brotar de un verde claro brillante. Al fondo, el imponente San Lorenzo y sus acompañantes vecinos mantenían, pese a la época del año, sus cumbres blancas. Al este, San Vicente y Briones destacaban en sus respectivos cerros, rodeados de una suave bruma.

— Almas su raza Pascuali, ven a ver esto. Yoda nos ha venido a visitar.

                Pascual se acercó a su amigo, que en sus manos sostenía un pergamino antiguo, amarillento, en cuyo centro se definía, ya muy borrosa, una foto antigua. En ella, la carretera que tanto conocían de ascenso a los riscos, estaba plagada de personas subiendo andando, en carros o coches de la época, todos con una enorme sonrisa en sus caras. Y en el pie de foto, unos trazos medievales sostenían aquella inquietante frase:

“Para que la estatua pueda retornar, el pueblo la fe en Haro debe retomar”

                Tras unos instantes de estupor, donde solo se oía el viento pasando de Castilla a La Rioja, ambos comenzaron a sopesar la situación y a plantear que harían. Descartaron rápidamente acudir a la policía, unos sucesos hace año y medio con unos contenedores calle abajo de por medio y varios coches reventados no les hacían muy amigos del orden público, además de otros hechos de diversa índole durante sus cortas vidas. Tras varias tentativas de Serafín por seguir con el paseo mañanero, finalmente Pascual convenció a su amigo en visitar a Ángel Tostado Palomino, el párroco. Amigos desde los campamentos de verano, les había sacado de un par de embrollos gracias a su posición, y aunque ninguno frecuentaba el culto católico, seguían manteniendo una buena amistad. Ángel era un gran intelectual, muy versado en la historia jarrera y amigo de los misterios.

— Todo esto me recuerda a algo, pero no consigo atar cabos. Quizás… —El enjuto y desgarbado párroco, con un corte de pelo más militar que eclesiástico, abrió un polvoriento armario de un recodo de la sacristía y hurgó entre varios tomos que al parecer pertenecían al archivo histórico de la ciudad. Al rato, sacó uno de ellos que parecía a punto de desintegrarse en sus manos y comenzó a ojearlo— Ahh, ¡aquí está! — Y en un tono señorial, muy serio y grave, comenzó a relatar párrafos y párrafo de aquel viejo tomo.

La leyenda, de más de 500 años de historia, contaba que el fervor y la pasión por los actos tradicionales de la localidad debían mantenerse en el tiempo, como expresión orgullo de la tierra en la que habitaban. De lo contrario, y en caso de una pérdida de populismo en la celebración de todos los actos relacionados con la Virgen de la Vega, traída en tiempos de la invasión musulmana desde Granada, toda la imaginería y riquezas que acompañaban tales actos y celebraciones, desaparecerían sin previo aviso.

— Como veis, la leyenda habla de la patrona, pero no menciona a Félix el anacoreta. Pese a ello, intuyo que esta desaparición y la leyenda de la Virgen tienen algo que ver.

—   ¿Estás diciendo que algo o alguien ha hecho desaparecer la estatua? ¿Y cómo co…— Serafín se contuvo, estaba en una iglesia— ¿Cómo narices lo ha hecho?

— Así es. Y lo desconozco. Pero no descartaría que más objetos hubieran desaparecido. No hay más que ver cómo están las cosas por el pueblo para darse cuenta.

Lo cierto era que las tradiciones, otrora populares y multitudinarias, se estaban perdiendo, y poco quedaba del furor de años pasados. Ya casi nadie subía a los riscos el primer domingo de septiembre, y el 29 de junio era ya más conocido por el desenfreno nocturno (cada vez más lleno de violencia y drogas) que por la romería y el lanzamiento del néctar de los dioses. Cuatro gatos iban ya a la procesión del 25 de junio, y la plaza ya no se llenaba en la procesión de los faroles, algo inaudito años atrás.

                — ¿Cómo devolver entonces la estatua a su emplazamiento, padre Ángel?

                —Muy sencillo, al menos de decir, devolviendo al pueblo su pasión por Haro, ya lo dice ese pergamino que habéis traído—. En ese momento las campanas de la parroquia tocaban las 12 y un coro de guitarras comenzaba a sonar a los pies el altar. Aquella conjunción de sonidos despertó la vena intrépida de los dos amigos, que se miraron y sonrieron, sabiéndose partícipes del inicio de una aventura. A Serafín solo le faltó chillar un “¡Qué guapo tío!”, que sin duda hubiera estropeado el momento.

                A las pocas horas, los engranajes ya empezaban a chirriar, y los motores sonaban potentes en casa de Serafín. Era necesario el empleo de todas sus armas. Comenzaron por emplazar a su cuadrilla a una quedada esa misma tarde. Primero se movieron por la red, atrayendo al público juvenil jarrero con un emotivo evento en Facebook detallando lo acontecido. Twitter, instagram y demás redes sociales quedaron también bombardeadas por su información. El primer lugar al que acudieron fue a la oficina de turismo, para dar más validez a la información creada en la red por ellos. Pero no iba a ser nada fácil.

                Y todo gracias a la policía. En aquel momento, ya enterados de la desaparición de la estatua, la información había llegado a la radio, y tanto en la onda que poseían de la frecuencia modulada como en su página de internet, ponían al tanto a los ciudadanos de los hechos acaecidos, dejando constancia de que todo había sido obrado por un grupo de delincuentes juveniles, probablemente de la propia ciudad jarrera. Instaban a cualquier vecino a dar cualquier tipo de información, por mínima y poco interesante que pareciera.

                Todos sus intentos de convencer de su historia a los jarreros fueron en vano. La Radio, la directiva deportiva local, el ayuntamiento, la cofradía…Nadie les creía. Se dieron cuenta que tratando con adultos, y más con la fama que ostentaban, todas sus propuestas iban a caer en saco roto. Pero… ¿Y si buscaban solo al público juvenil? Entre ellos tenían bastante popularidad. En ese momento de incertidumbre, Pascual Oñate tuvo la idea de su vida. Y se puso manos a la obra.

                Convenció a todos sus amigos cercanos junto con Serafín de la historia. Afirmó que esto solo se solucionaría con una multitudinaria procesión a los riscos el fin de semana siguiente. Juntos establecieron los pasos a seguir y movieron hilos. Hablaron con los chavales más populares de cada quinta, para instigar a todos los jóvenes desde los 14 hasta la treintena, si era posible; fueron donde las peñas, llevarían sus carteles, blusas y pancartas; hablaron con chavales de la banda para que montaran charangas improvisadas. La idea era subir todos andando al son de la música hasta las campas de San Felices, donde almorzarían y se realizarían diferentes campeonatos: póker, mus, juegos para beber…Además de exhibiciones de capoeira, parkour, motocross… ¡Hasta un grupo de skaters de no más de 15 años montaría una mini rampa para hacer saltos! Todo iba sobre ruedas.

                Junto con varios conocidos bastante profesionales en el arte urbano y el diseño gráfico, decidieron hacer un bombardeo nocturno, y la mañana del miércoles las calles de Haro amanecieron plagadas de carteles anunciando el gran evento el sábado y de enormes y coloridos grafitis, algunos más subversivos que otros, del estilo: San Felices nos reclama, aquí ay-untamiento o la juventud se levanta. Muchos de ellos eran de enorme belleza, arte urbano en estado puro, aunque  muchos no lo vieron así. El ayuntamiento tachó la acción de desobediencia civil, cuatro desalmados y cosas por el estilo. Las redes sociales se hicieron eco del asunto y al parecer, jóvenes de poblaciones cercanas se unirían al acontecimiento.

                Muchas cuadrillas cercanas a la suya se unieron a la organización, y se optó también por montar cada una un carro con equipo de música para dar más ambiente a la subida. La idea más descabellada llegó de Serafín (no iba a ser menos) que planteó montar una rampa gigante de plástico mojado que acabara en un mini salto y una piscina prefabricada. Una especie de autos locos sobre agua. Una locura sublime. Varios bares comentaron con los organizadores, a escondidas, el montaje de barras en las inmediaciones, a precios populares, pese al a fuerte prohibición del acto por parte del gobierno local.

                El viernes por la noche, en la víspera de día D, Serafín y Pascual estaban agotados, pasando las últimas cajas con preparativos de un coche a otro en la plaza de la iglesia.

                — ¿La que hemos montau eh Pascuali? ¡Esto va a salir en todos los putos noticiarios!

                ­— Uf, no sé yo. ¿Y si la gente se borra y no viene ni Dios?

             — Hazte caso que no, y estoy seguro de que Dios, por mediación de San Felices, ha obrado más que nosotros en todo esto, y vendrá—. La carcajada rebotó en los arcos y desapareció por la calle del padre Risco en dirección al Bistrot.

 romeria

                Y Serafín tenía toda la razón del mundo. El día D a la hora H, la plaza de la Paz estaba más llena que nunca. Jóvenes de todas las edades charlaban en grupos, muchos de ellos disfrazados. Las peñas ondeaban sus carteles, había muchos carros con megáfonos, gente en bici, patinetes, algún que otro caballo, hasta una furgoneta llevaba detrás todos los instrumentos de un grupo de rock local que tocaría durante la subida. Ahora ya solo quedaba disfrutar. Y fue grandioso. Horas más tarde, las campas de San Felices era un ir y venir de chicos y chicas felices, cantando, bailando, saltando. Había actividades por todas partes. Los pocos policías que intentaron parar la subida, mandados por el ayuntamiento, se unieron a la fiesta al verse totalmente impotentes ante la marabunta juvenil. Sobre las 5 de la tarde, y mientras Serafín soltaba un discurso sobre el poder festivalero de los jóvenes jarreros, las miradas fueron ascendiendo poco a poco hacia lo alto, finalizando en un estallido de vítores y aplausos, que dicen se oyeron desde Miranda. Y es que la estatua había vuelto a su lugar de origen. Tan sorprendentemente como desapareció.

                A pocos metros de allí, en lo alto de una roca y con las manos entrelazadas a la espalda, Don Ángel Tostado Palomino, sonreía, orgulloso de lo que estaba viendo.

el lomo de wall street

 

A orillas del Tirón

              La mañana era fría pese a la época del año, ya bien entrados en mayo. Una densa  neblina pegada a los chopos del Tirón no permitía distinguir con exactitud los primeros edificios de la ciudad. Aquella ciudad que se mantenía viva en su mente, pero que presentía solo estaría allí, en su subconsciente, tal y como la conocía.

             En los pocos minutos que habían pasado desde que se apeó del tren que le trajo allí, Ismael Aduna ya pudo apreciar el paso del tiempo a su alrededor. La estación había sido reformada pero con esas, ni un alma presenció su llegada. Aún recordaba de joven cuando después de las navidades acudía con sus padres a despedir a los familiares que habían pasado tan entrañables fechas en la localidad jarrera. El andén estaba siempre repleto de locales despidiendo a sus seres queridos, una imagen que a él siempre le encantaba, ya que le recordaba a las películas de Hollywood.

           Eso mismo le vino a la mente al distinguir el nombre de la ciudad en lo alto de la atalaya. Que moderno, pensó. Solo le falta un funicular para llegar hasta allí. El mirador tampoco era el mismo, y decidió que sería el primer sitio al que iría. Sin embargo, algo le pareció inmutable al paso del tiempo. El barrio de las bodegas. La mayor congregación de bodegas centenarias del mundo, se dijo con orgullo. Un orgullo que, pese a todos los años pasados fuera, mantenía consigo gracias a los recortes de periódicos y noticias digitales impresas que guardaba como oro en paño. Una parte de él nunca se fue de allí.

             Releyó la carta de su viejo amigo Julio Viribay por enésima vez. “Pásate por el puente del Bobadilla a tu llegada”. En un primer momento le sorprendió un lugar de reunión tan extraño, pero en aquellos tiempos, aquello podría ser una zona recreativa o algo por el estilo. Sus andares eran inseguros, los de alguien que pisa terreno no muy firme por primera vez. Estaba nervioso, no las tenía todas consigo pese a las palabras tranquilizadoras de su amigo. Tuvo que pasarse a la margen izquierda del Tirón ya que por esa parte vio el puente derruido y tras un rodeo de mil demonios llegó a un skate-park. No andaba muy desencaminado.

               Un solitario niño patinaba ajeno a la llegada de Ismael y en lo alto del puente, la silueta de un hombre alto, con una espesa barba ya poblada de canas y las manos en los bolsillos de una chaqueta de lana, lo miraba fijamente. Sus ojos lo analizaban, como queriendo recordar. Al poco, una sonrisa apareció en la cara de aquel hombre.

Párrafo de separación

          —34 años. Se dice pronto. —Ambos observaban al nieto de Julián desde un frío y pálido banco de piedra al lado del skate-park. Se empeñaba en subir a lo más alto de la U con sus patines nuevos sin conseguirlo, y ahora daba vueltas y vueltas alrededor.

                —Es mucho tiempo. Pero aún lo recuerdo como si fuera ayer.

              Ismael se hundía en su memoria. Una enjuta mochila, 10.000 pelas en el bolso y una tarjeta con la dirección de un familiar en Madrid. Así huyó del pueblo que lo había visto nacer y crecer, sin echar la vista atrás. La mala suerte se cebó con él un 25 de Junio, patrón de la ciudad. Ismael disfrutaba con sus amigos, Julio incluido, de las fiestas patronales. Bailaban, cortejaban a las chicas y bebían. Era por aquella época un joven apuesto, y como tal, triunfaba entre el colectivo femenino jarrero y de la comarca. También era muy popular en el pueblo entre los chicos, pescaba como el mejor a orillas del Tirón, nadaba increíblemente bien y bebía en porrón de mil formas diferentes. Eso creaba también algunas envidias y rencores, y esto unido a unos cuantos empujones y algo de alcohol en sangre originó una trifulca con Sebastián Jiménez y su cuadrilla. La verdad fue que Ismael no buscó la greña en ningún momento, pero Sebastián, celoso por el último escarceo de Ismael con la espectacular Juanita Martínez, si lo hizo. Las amenazas y empujones los acabaron llevando a la calleja San Roque, justo detrás del palacio de las Bezaras, donde justamente se estaba reformando la fachada del edificio contiguo. Ismael evitó en todo momento los puñetazos y mamporros lanzados al aire por Sebas, en incluso se llegó a subir al andamio para huir. Sebastián le siguió, y en uno de esos intentos de golpearle, Ismael hizo una finta que Sebas se tragó, desequilibrándose hasta caer en uno en los andamios a medio montar, ensartándose en él. A los 3 días moría en el Hospital en Logroño. La familia de Sebastián estaba envuelta en turbios negocios, todo el mundo sabía que sobornaban a la policía para mantener su impunidad, y no dudaban en usar las más oscuras e ilegales técnicas para obtener sus objetivos. Sabiendo esto, sobran las explicaciones.

               — ¿Entonces es cierto? — Dijo Ismael mientras se encendía un Malboro y ofrecía otro a su compañero.

          —Sí. El hijo de Sebas murió hace una semana de un cáncer. Todos los hermanos fallecieron ya salvo Labionegro, pero está totalmente senil. Además, los Jiménez, ya no son lo que eran. Los planes de venganza han tenido que pasar a mejor vida.

                —No me jodas Julito. ¿Y si alguien lo recuerda?

               —Te aseguro que no hay peligro. No hay arma más letal que el paso del tiempo, y en este caso, el tiempo ha sido más que suficiente. Anda vamos al Suizo, que hay que ponerse al día ¿A qué te has dedicado? ¿Pescador de siluros profesional en el Duero? ¿Costalero? Maldito Isma ¡El terror de las nenas! — La carcajada rebotó en el alero del frontón, se metió en los arcos del puente y se perdió por la antigua playa.

Párrafo de separación

             Ismael paseaba por los jardines de la Vega, preciosos en aquella época. Lo tajetes y alegría se combinaban con nuevas variedades de plantas asiáticas, más baratas y resistentes. Hacía un sol radiante y la Basílica brillaba con especial ilusión. Sentía bailar en la cabeza los dos vinos que había tomado con Matías el humilde en uno de los bares nuevos de la Avenida de la Rioja, no recordaba el nombre. Todo está muy cambiado, se repetía una y otra vez. Las primeras semanas en el pueblo habían sido intensas, plagadas de visitas a casas de amigos, cenas y muchas copas y farias a cuenta de los viejos conocidos. Había que recuperar el tiempo perdido, gritaban sin dejarle tiempo ni para respirar.

              Aquel primer día se habían reunido casi todos en Las Cigüeñas. Los abrazos y saltos efusivos dejaron paso a una cena que tuvo de todo menos de frugal y en la que no hubo un solo momento de silencio. Joder bala, como te has echado a perder. Pues anda que tú, ¿Todavía sigues poniendo motes a todo cristo? ¿Y el cabronazo del Lopetegui? Con pancreatitis en Basurto. Como está el patio. Juanito ahora no pasa un solo día sin ir al venajo, el que odiaba hasta ir al moro en la jira y míralo. Ya no hacen vinos como los de antes eh. Anda calla Campo, si a ti te da igual cesta que ballesta. Ehhh chusticiero, cántate una que te seguimos, ¡por los viejos tiempos!

              Cuando se dio cuenta subía la calle La Vega hacia arriba, pero al llegar a la altura del Bretón giró a la derecha por la Calzada (para él siempre sería la Calzada). Procuraba evitar el Palacio de la Bezaras, cuando se acercaba una sensación de malestar se apoderaba de él, haciéndole flaquear, incluso aunque no llegara a verlo.

            Bajó por la Arrabal y cuando llegó a la parada de vagos, más erosionada aun de como la recordaba, se paró en seco, observando lo que fue el centro neurálgico de su vida hasta aquel fatídico día. Vio el enorme nido de cigüeñas impasible al paso del tiempo. Abajo, de un marrón ocre, se distinguían los escudos señoriales que presidian el edificio. A su derecha, el palacio de Bendaña, totalmente reformado, con un acabado en lo alto sublime, de vigas de madera horizontales y una gran cristalera que hacía olvidar los antiguos paneles de madera de estilo mudéjar. Los árboles eran nuevos, e Ismael pensó que no pegaban nada con la plaza de la Paz, pero muchas más atrocidades tenían que cometerse para que le dejara de gustar aquel lugar. Cuando llegó al nuevo mural al inicio de la calle santo Tomás, se recordó a él mismo, años atrás, cuando junto con Julián, hartos de vino los dos, corrían por toda la Ventilla perseguidos por el jefe de policía. Acababan de volcar en medio de la calle 5 barcas de pescado con todo su respectivo hielo, dejando un gustoso olor y la calle como una lonja gallega.

Mural Haro

            Al subir por la calle Santo Tomás, siempre admirándose de cómo habían hecho para que la torre de la parroquia quedara clavada justo en el hueco entre las dos paredes de fachadas de la calle dejando una foto de revista de viajes, recaló en un pequeño hombre de tez morena que no le quitaba ojo de encima. Cuando fue a decirle algo, el fulano se metió por la calle de la Paz, desapareciendo al momento. En esas llegó al número 17 y abrió el pequeño portal, subiendo por las viejas escalera de madera más nervioso que una gelatina encima de un altavoz. Entro al pequeño y destartalado piso y se sentó rápidamente en el sofá, agarrando la botella de vino. La modesta morada era una vieja herencia de una tía abuela suya sin descendientes, que recibió hacía 10 años pero que, lógicamente, no había pisado hasta su retorno.

               Permaneció allí, sentado, más de una hora. No podía ser. Solo lo había visto un instante, pero no había duda. Aquel hombre era igualito a Sebastián Jiménez. Y por cómo le miró en la calle, él también lo había reconocido. Un torbellino de ideas le recorrió la cabeza. Entre ellas estaba la idea de volver a huir. No. Se negaba a hacerlo por segunda vez. Debía ir a casa de Julián, en la zona nueva. Él le ordenaría las ideas y daría claridad a sus dudas. Rápidamente cogió el sombrero, la chaqueta y al pasar por el recibidor vio una pequeña navaja oxidada pero aun servible. Por si acaso, pensó.

           Nada más salir a la calle, a unos 10 metros, se topó con 4 personas, una de ellas el mismo hombre que había visto antes, dos jóvenes más bien regordetes, uno de ellos alto y con un bate de beisbol, el otro, más menudo, empujando una silla de ruedas, donde Ismael reconoció a duras penas a Labionegro. Joder con Julito, que estaba senil dijo el mequetrefe.

            —Vaya vaya, el cobarde vuelve a su castillo. ¿Aún me recuerdas, Aduna? —El gesto del abuelo vino rápido, sin contemplaciones. Una mirada al del bate y un movimiento de barbilla hacia Ismael. Ningún intercambio de palabras, ni búsqueda de explicaciones. Había pasado demasiado tiempo como para perder la oportunidad. Pero Ismael se olió su sentido antes de que el mozalbete echara un pie adelante y blandiera el arma blanca.

                 Y no se lo pensó dos veces. Giro el cuerpo hacia arriba, torció rápidamente hacia la plaza San Martín (no la recordaba tan limpia e inclinada) y descendió como alma que lleva el viento por la costanilla, oyendo a sus espaldas los fuertes taconeos de los dos chavales, que tardaron un tiempo en reaccionar, esperando la orden de Labionegro: ¡A que esperáis canallas, tras él!

            Hacía tiempo que Ismael no corría, pero aún a su edad, se mantenía en buena forma, gracias a los paseos en bicicleta por las calles de Valladolid todas las mañanas durante años y años. En esos momentos, pensar se antoja algo difícil, pero el cuerpo, en lucha por sobrevivir, saca lo mejor de sí, y los pensamientos fluían rápidos por su cabeza. Se decidió a bajar hasta el Ferial y allí girar a la derecha, para, si le aguantaba el resuello, llegar hasta el venajo a los pies del puente del ferrocarril, donde con suerte estaría el bueno de Juan Cantabrana y sus dos carabinas Anschüts modelo 520.

                Su perseguidores recortaban distancia, y el sentía más y más calor. El gorro había volado a las primeras de cambio y la chaqueta le sobraba, así que soltó el botón que la cerraba, y la suave seda interior hizo que saliera sin problemas, dejándola perfectamente doblada en medio de la calle. Y la providencia quiso que al pasar por allí, uno de los dos contrincantes en la carrera de su vida, el más bajo y gordo de ellos, tropezara, dándose de bruces contra la piedra, dejándose un bonito surco de sangre alrededor de su nariz, llena de chinas incrustadas cual diamante en un anillo de compromiso.

             1 a 0. Pero este partido se gana a dos tantos, y el otro iba a estar más difícil. Lástima no hubiera caído el del bate. Bajó las interminables escaleras al final de la calle San Felices de 3 en 3. Al pasar por el Ferial y su parking contiguo pensó en las guerras de piedra y bufos que hacían allí de mozos. Joder majo, tú en estas y te pones a pensar en los buenos tiempos. También recordó a alguna que otra de sus conquistas, siempre solía llevárselas allí para hacerse el romántico a orillas del río.

              Quedaban unos 200 metros para la meta cuando se percató de que dos niñas de unos 12 años le gritaban desde la orilla del río y señalaban al mismo con efusivas brazadas al aire. Alguien había caído al agua. El camino iba acercándose a la margen del río, y al poco divisó una niña dentro del agua, asomando a duras penas la cabeza a la superficie, chapoteando en balde. Ismael no se lo pensó y se zambulló en el agua. De una mala, tras sacarla, pasaría a la otra orilla y desde allí gritaría a Juanito. Seguía siendo un nadador excelente y no tardó en llegar hasta la niña, ya totalmente exhausta y sin aire, momentos antes de que se sumergiera en el agua para siempre.

             — ¡Catalina, Catalina! Ahí mi hermana, menos mal. — Oyó decir a su espalda, con el aliento entrecortado, a su joven perseguidor—Tráela, tráela aquí, te juro que no te haré nada­. — Ismael obedeció y la sacó, tendiéndola en el suelo, inconsciente.

Párrafo de separación

               Los sanitarios (tras la paliza de carrera que se había pegado,  no sabía distinguir entre camilleros, ATS y médicos) no paraban ni un instante, y en cosa de 10 minutos desde que llegaron consiguieron estabilizar a la niña y colocarla en una camilla, calmando a los familiares. Hasta el lugar habían llegado Labionegro, el hombre pequeño y moreno, además de algunos parientes más, Juanito, que llegó corriendo desde el venajo al oír los gritos, los niños asustados, una pareja de la guardia civil y algunos transeúntes y curiosos varios.

              Catalina resultó ser la nieta del fallecido Sebastián Jiménez, sobrina-nieta de Labionegro y hermana del joven perseguidor, que rápidamente contó a su tío-abuelo el rescate por parte de Ismael. El huraño anciano lo miró fijamente, esbozó una leve sonrisa e hizo un gesto de complicidad, pero nada más. La guerra estaba zanjada. Al secarse, se palpó el bolsillo del pantalón, y riendo para adentro, movió entre sus dedos la oxidada navaja, que había olvidado por completo.

                  Y así, Ismael Aduna pudo disfrutar por el resto de sus días de las calles y jardines de su añorada ciudad natal. 34 años después Haro volvía a ser su alegría, su casa, su vida.

Haro, Haro Deportivo y familia en Blanco y negro

Recientemente acaban de sacar un libro titulado “Haro, un siglo en imágenes” de Fernando de la Fuente Rosales, con imágenes que  muestran la historia de un pueblo en todas sus facetas: actividades, escenas, tradiciones, vida diaria y diferentes acontecimientos de diversa índole que fueron acaeciendo en la localidad jarrera. Algo muy bonito que imagino habrá hecho soltar alguna que otra lágrimilla a más de un jarrero.

La semana pasada estuve ojeándolo de pe a pa. Un sonrisa iba apareciendo al ver aquellas fotos e lugares por los que tantas veces he pasado, caminando o en coche, ajeno a lo que una vez fue, y verlo tan cambiando, diferente. Muchos lugares totalmente cambiados. Ver acontecimientos tan importantes en nuestra historia como la guerra civil, vivida en los pellejos de conciudadanos nuestros, en nuestras calles. Esa sensación de ir atrás, más atrás de tu propia vida. Ver los vestidos, las caras de esas personas 50, 60, 70 años atrás. Es la única forma que tenemos de “teletransportarnos” a otras épocas, a través de nuestra imaginación, y esas imágenes, para muchos todavía vivas en el recuerdo. Al instante me puse a rebuscar por casa, sabía que había muchas fotos de ese tipo, las encontré y me puse a la faena. No es tarea de unos minutos escanear todas estas imágenes, pero creo que mereció la pena. Aquí os muestro algunas de todas las imágenes que pasé del papel al pixel, pasando por escenas de la historia de Haro, fotos de la familia (para que así las puedan ver mis familiares estando lejos) y también, para los amantes del deporte y del Haro deportivo en particular, una extensa galería de imágenes del equipo local, del cual, mi abuelo, Don Rafael Simón Ruesga, fue presidente. Desconozco cuántos años estuvo al cargo, pero según consta en algunas fotografías, como mínimo del 1948 al 1954. Más de uno recordará ese nombre y se llevará la mano a la mandíbula, rememorando algún que otro dolorcillo de muelas. Fijáos en aquellas equipaciones, los balones rudimentarios, los terrenos de juego…Eso era fútbol!

Si alguien desea tener estas fotos, no téneis más que contactar conmigo a través del blog, facebook, twitter, e-mail, tlfn, llamando a mi puerta o chillándome al oido. Será todo un placer. Pero no seáis tan sucios de sacar las fotos e aquí para otros usos, de lo contrario un fantasma de un monstruo aparecerá…que coño, yo apareceré y os arrancaré las patillas pelo a pelo. También será todo un placer.

Abrochense los cinturones, que viajamos para atrás, ¡Regreso al pasado!

Procesiones años 50Procesión de la virgen, años 50

Jóvenes en la coronación de la vírgen de la Vega, años 50

Plaza toros 1944Plaza de toros en el año 1944

Plaza PazPlaza de la Paz desde el Suizo

Playa de HaroPlaya de Haro en los años 80

JarrerasJarreras paseando

Gimnasia SuecaCuriosa, inicios de la gimnasia sueca en España.

Coronación de la Vírgen de la Vega Coronación e la VirgenFotos de la coronación de la vírgen de la Vega, más multitudinaria y suntuosa que ahora.

Y aquí tenemos la colección de fotos del Haro deportivo:

HaroDeportivo27-mar-194927 de marzo de 1949HaroDeportivo27-mar-1949 (2)27 de marzo de 1949 HaroDeportivo21-Dic-195221 de diciembre de 1952

HaroDeportivo17-ene-195417 de enero de 1954

HaroDeportivo 19-Nov-195019 de noviembre de 1950

HaroDeportivo 17-sep-195017 de septiembre de 1950

HaroDeportivo 16jul195016 de julio de 1950

HaroDeportivo 10 may195010 de mayo de 1050

HaroDeportivo 3-oct-19483 de octubre de 1948

Haro Deportivo1ª Preferente del Haro Deportivo

Haro Deportivo 1953Haro Deportivo en 1953

Haro Deportivo Comida de equipoEn aquella época también hacían comidas y cenas ¿Qué os pensábais?

Abuelo recibiendo banderín Haro Deportivo Haro Deportivo Haro Deportivo Haro Deportivo Haro Deportivo Haro Deportivo Haro Deportivo Haro Deportivo Haro Deportivo Haro Deportivo Haro Deportivo 1949 Haro Deportivo 1949

Oda al Rioja libre

“Vino y refresco de cola a partes iguales, si le echas algo más, ya no será kalimotxo”

          Aristóteles

          Tú probablemente no lo entiendas. Es muy factible que este artículo no te interese. Lo más seguro es que no seas riojano. La probabilidad dice que no serás de Haro o la comarca. Y hay pocas posibilidades de que seas de mi quinta, años arriba, años abajo (mucho más parriba que pabajo). Si no cumples estos requisitos, no sabes lo que es mezclar en bolsas.

            Hoy escribiré estupideces de dos términos, dos temas, que hilan muy bien, que han marcado mi juventud y la de muchos otros amigos, colegas y compañeros de herradura, compañeros de bar: el kalimotxo y su mezcla en bolsas.

                Joder, se me saltan las lágrimas y todo al recordar. Corría el año 2005. Sábado, 22:30. Ya llegaba tarde a los portales de la iglesia donde como cada viernes y sábado nos reuníamos para echar litros. No tenía alcohol, pero no había problemas. Como todo hijo de vecino acudía a “El caballito” (llamado así porque tenía uno de esos míticos caballos que por un monedote te montas y gozas como música y movimientos de adelante-atrás durante 1 mísero minuto) donde me proveían del jugoso néctar de los dioses. El ser menor no era un problema, al revés, su negocio se basaría mayoritariamente en la venta a menores. Llegabas, entrabas hasta el frigo al fondo, cogías una buena botella de vino joven y afrutado (dios bendiga al vino joven y afrutado), y la buena tendera ya se encargaba de introducirte las correspondientes bolsitas para hacer la mezcla. Era así, ya se sabía. Lo ibas a mezclar en bolsas. Al salir te cruzabas con algún otro chaval rezagado sin litros:

–          Epiii Fabio! Logo estamos no?

–          Si, en el palenke te veo.

Llegabas a lugar de reunión y ya te encontrabas a algunos ejerciendo tan mañoso arte.

–          Que, Campo! Ya que estas…

             Bajo mi humilde punto de vista, no has tenido infancia si no has mezclado los litros en bolsas siendo de la zona. Esto es tan cierto como que por la noche se bebe kalimotxo y por la mañana se caga colacao, lo saben aquí y en la china popular. Y si sabéis algo de química tampoco se os escapará el dato: kalimotxo es un derivado del elemento nº13 de la Tabla periódica, con símbolo químico Al. Aquí pueden ustedes, los no versados, corroborar mi información.

            Cuentan los eruditos y algunos que nos hemos movido por la España cañí, tan rica como variada en culturas y tradiciones, que allá por Cantabria también ejercen tan noble arte, pero lo cierto es que yo no he visto ni conocido a nadie. A algunos que hacían la chorrada de echarlo a la bolsa para luego, reventando el tetabris (para los de la nueva LOMCE, tetra-brick), meter dentro la mezcla. Pero nadie que lo realice como mandan los cánones. Para explicaros la técnica, simplemente quiero que observéis lo que viene a continuación, ya que una imagen vale más que 1000 palabras:

Mezclar calimocho en bolsas

          Solo puntualizar que el paso número 4 es mayormente conocido como “tocar teta”. Solo los desgraciados que hemos mezclado en bolsa y los 4 afortunados/as en este planeta que hayan palpado una buena ubre sabrán a lo que me refiero. Pues eso.

           Como todo en esta vida, los había más expertos que otros. Unos son expertos en sexo, como este gran tipo; y otros son expertos en mezclar litros en bolsas. Se podrían doctorar y todo, ganar el Óscar de los alcohólicos, dedicar toda una vida a perfeccionar el arte, incluso exhibirse en las grandes ferias calimotxeras como las de Mediaquintanilla de la Sierra de Abajo. Yo conocía a uno de los mejores, que por razones de privacidad permanecerá bajo el sobrenombre de Jorge Campo. Este portento de la naturaleza era capaz de mezclar 6 litros del tirón en una misma bolsa, de esas pequeñas del mercadona. Y sin que le temblara el pulso, sin pestañear, derramando apenas unas tristes gotas. Allá donde iba, como su amiga la San Miguel, triunfaba. Le hacían fotos y todo. Recuerdo una vez en pleno parque de la ciudadela en Pamplona, en san fermines. El parque lleno a rebosar de jóvenes ansiosos de borrachera. La gente señalaba, reía, y sacaba las cámaras. Allí  había más flashes que en la final olímpica de los 100 metros lisos. Un espectáculo.

Se tinto. De aquellos grandes de Vaya Semanita

            Y es que ya lo dice el consejo de sabios punkys: “No hay mayor placer, exceptuando el echar un buen zurullo en tu trono de siempre cuando llevas con Michael Jordan colgando del aro 3 horas y media, que beber un buen rioja libre mezclado en bolsas”.

            A estas alturas, muchos de vosotros, incultos de la vida, diréis: ¿Rioja libre qué es, un grupo independentista riojano? Pues no, casco cazurros. Eso es el FIR (frente independentista riojano). Un rioja libre es como antiguamente se denominaba al vino mezclado con cola. Muchos ya sabréis la historia, medio leyenda inventada de vascos (que tienen siempre esa predisposición a inventarse las cosas y a exagerarlas, que lo del “no hay huevos” lo cumplen los de Hernani, Lekeitio y pocos más), medio verdad:

“Según la leyenda popular, el nombre original vasco para la popular mezcla, kalimotxo, que dio origen a la españolización calimocho, se atribuye a la cuadrilla Antzarrak, que inventó el término (y según parece también la mezcla) en las fiestas de 1972 del Puerto Viejo de Algorta. En una txosna (caseta con barra de bar) de dichas fiestas vieron que el vino comprado estaba picado y antes de tirarlo pensaron en mezclarlo con algo para no perder ese dinero. El nombre de la mezcla viene de dos miembros de dicha cuadrilla apodados Kalimero y Motxo”.

            Lo que está más claro que el vodka y lo saben los negros es que antes de esa historieta en toda la rioja ya lo llamaban Rioja libre, en sustitución al Cuba libre, cuenta que incluso antes de 1966. Y es que nos podrán ganar en muchas cosas, pero en temas de vinos…nanai del peluquín.

Os dejo este gracioso video de Pablo Carbonell y cia.

             A mí que no me la cuenten los del sur, sin todos los respetos del mundo, con aquello de que el tinto de verano es lo mejor. Con esas no que me enciendo cual cóctel molotov. En todo caso, si lo mezclan en bolsa, les dejaría discutirlo en tierra de nadie. Por Guadalajara o así. Porque esa es otra, por allá lo llaman “hacer botellón”. Aquí somos más calimocheros, y “echamos litros”. Con dos cojones. Botellón sabe a poco. Litros. No uno, ni dos, ni tres (sino tres). Litros. Los que hagan falta. Que profunda la frase: ¡eh, vamos a echar unos litros! Siempre me encantó. Así como esa derivación del ¡eh, vamos a privar! Siempre me pareció más fea, de modernillos, queriéndose hacer el chuletilla de turno. Fíjense si ha traspasado fronteras aquello del rioja libre, que ya lo conocen hasta los yanquis, con este artículo del New York Times.

            Pero aquello del mezclar en bolsas se terminó. It’s over. C’est fini. Arrivederchi. Snif snif. La gente dejó de mezclar. Sea porque los supermercados comenzaron a cobrar por las bolsas, la fiebre low-cost hizo acrecentar las ventas del tetrabris frente a la botella de vidrio, o porque los chavales de hoy en día beben cosas de colores chillones. Y tiran agua por las alcantarillas. Lo buenos tiempos se esfumaron. Ya no ves a dos mozalbetes bolsa en mano palpando teta. Ahora se meten tampones mojados en vodka por el chirri, se ponen doblados a THC y van directos a los bares. Sin echar litros. El mundo se va a la mierder.

        Un consejo de adviento para los jóvenes calimocheros, una variante para cuando comience a cansar la bebida, o para mejorar vuestro tracto digestivo: hagan kalimei. Para 3 litros de vino usar 2 de coca-cola (yo soy más de Berta cola, o Puma cola, pero allá cada uno) y 1 litro de zumo de frutas del bosque. Si no encontráis ese zumo, vais al bosque a por ellas, porque de lo contrario no será kalimei. De nada.

Lo dicho, exprimir la vida, y beber Rioja libre.

CNT el fary