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Asesinato en San Felices

De la plaza del ayuntamiento ya llegaban voces, cánticos y demás estruendos festivos, pero en aquel callejón adyacente reinaba la quietud y la calma. En un soportal empedrado, un claro guiño a épocas pasadas, José Luis Palomo se entrelazaba en un festival de amor juvenil a Sonia Gómez. Con aquella postura, al conquis, como le llamaban todos en el pueblo, le vino a la mente ese marisco tan delicioso del que tanto hablaba su padre, percebes debían llamarse, y al parecer se agarraban a la roca tanto o más como Sonia se agarraba ahora a él. No pudo evitar soltar una carcajada:

– Anda, vamos para la plaza ¡Qué nos van a dar las uvas! Y nunca mejor dicho.

Sin llegar a acabar la frase una sombra pasó fugaz por detrás de ellos, perdiéndose en otra callejuela perpendicular.

-¿Qué ha sido eso cari?

– Y yo que sé. Algún hurón buscando algo pa’ jalar. Venga tira.

Cuando penetraron en plena plaza el ruido ya era ensordecedor, e iba acompañado de las más coloridas luces apuntando a todas partes, provenientes de esos punteros láser que generaban hologramas de lo más gracioso, imitando y satirizando a los personajes públicos del momento. Y no era para menos, el año estaba a pocos minutos de acabar. Había sido uno de los mejores desde hacía mucho, y eso se notaba en las sonrisas de los allí presentes.

Sonia sonreía, era feliz, la vida no le brindaba más que buenos momentos y tenía toda la intención de seguir disfrutando de ella, empezando por aquella Nochevieja que se preveía épica. Avanzaron por entre la muchedumbre buscando un buen lugar desde el que ver el reloj del ayuntamiento, saludando a sus conocidos y amigos: Cristina Ozaeta les chilló desde un fondo con toda la efusividad que le permitían sus cortos brazos, Luca Argo a punto estuvo de desmontar las vértebras de José Luis al palmearle la espalda al grito de conquis cabronnnn! Los ojos claros de Sonia se cruzaron con los oscuros de Victoria Cantera, que la miraban como queriéndola analizar. Llevaba esas pestañas postizas tan de moda en esa época en las ciudades y que sobrepasaban la exageración, ya que casi llegaban a la línea del nacimiento del pelo. Allí era prácticamente una pionera. Las opiniones eran diversas, pero muchos decían que ya había superado lo de Palomo, que la dejó sin explicación hacía cosa de tres meses. Se rumoreaba que estaba con alguien del pueblo, pero no se sabía muy bien con quien. Pese a ello, Sonia decidió dirigir a José Luis a un lugar alejado de ella y su intuición femenina decía que la mirada de Victoria seguía clavada en su cogote.

Cuando los cuartos empezaron a sonar, Sonia escucho otro ruido más. Uno seco, corto, como el de un gran insecto al impactar contra el parabrisas. De repente, el conquis se desplomó boca abajo. Sonia permaneció bloqueada, en shock, sin decir ni hacer nada. Hasta allí llegaron rápido varios ciudadanos, entre ellos Jorge Lezana, el joven miembro de la guardia de San Felices, que levantó el cuerpo del desgraciado José Luis Palomo. Un disparo certero en el corazón, sencillo por otra parte con las balas dirigidas de última generación. Un fuerte ruido hizo levantar las cabezas hacia la cercana y tan bien conservada estatua del santo, donde un cuadricóptero mono-tripulado despegaba raudo y veloz hacia el oscuro cielo, perdiéndose entre las nubes bajas en dirección a la ruinas de Haro, iluminadas por aquellas llamas inextinguibles en lo alto de la atalaya. El reloj del ayuntamiento marcaba las 00:05 del 1 de enero de 2079.

A estas alturas, ávido lector, el desconcierto puede reinar en tu preciado cerebro. Pero no por mucho tiempo. Muchos y de gran índole fueron los acontecimientos que se desarrollaron hasta este preciso instante. En la segunda década del siglo XXI el consumo de hidrocarburos a nivel internacional llegó a límites insospechados, haciendo que las reservas mundiales escasearan peligrosamente. Todos querían controlar las fuentes naturales de residuos fósiles por lo que la guerra no tardó en llegar, la III guerra mundial, atroz e inhumana, sin precedentes. Ésta se llevó por delante a más de la mitad de la población. Todo valía: armas químicas, bombas atómicas, virus… La mitad de los países quedaron inhabitables. España, pese a no ser el foco principal de la brutalidad humana, no se quedó atrás. La lucha por el control de los pozos del cantábrico enfrentó al país en una guerra conocida en los libros de historia como “El Norte contra el Sur”.

Y llegamos a nuestra bella localidad, que no pudo evitar entrar en tan desgraciado conflicto al calificarla la capitanía norteña como punto de vital estrategia. Escuadrones andaluces bombardearon la ciudad y durante más de seis meses formó parte del frente que se extendía por todo el valle del Ebro. Afortunadamente la guerra terminó hace quince años. Los supervivientes, no más de cuatro mil personas, se toparon con una ciudad en llamas, parcialmente destruida. Los edificios que quedaron en pie estaban afectados por la nueva radioactividad, y muchos presentaban grandes fallos estructurales. Vivir allí se hizo imposible. Pero los habitantes de Haro no tiraron la toalla. Levantaron sus cansados brazos y se encomendaron a su santo, San Felices.

Si no podían reparar el pueblo que tanto querían, decidieron levantar uno de la nada, a las faldas de su alentador, que tantos milagros dicen realizó durante la guerra, salvando familias enteras. Que la estatua y ermita siguieran en pie ya fue milagroso de por sí. Tardaron años, pero con valentía y tesón, y con la inestimable ayuda de sus convecinos (mucho perdieron también en aquella odiosa guerra) cumplieron sus sueños. El nombre de Haro pasó a inspirar desconfianza, mala fortuna y tragedia. Ya pocos se acercaban a sus ruinas radioactivas. Por lo que decidieron llamar a su nueva ciudad San Felices.Se convirtió en ejemplo de superación, de trabajo en equipo, y las noticias de su inauguración traspasaron fronteras. Además la tierra quedó yerma y estéril, por lo que el cultivo del néctar de dioses, el mundialmente conocido vino de Haro literalmente se esfumó del mapa. Por ello, el motor de la economía pasó a ser el turismo, todo el mundo quería ver aquel pueblo levantado de la nada por sus valerosos habitantes, además de la modernidad de su nueva urbe.

La catástrofe vinícola no impidió que una tradición tan arraigada entre sus gentes como la batalla del vino continuara vigente. Todo lo contrario, se hizo aún más famosa si cabe y se le dio más protagonismo a San Felices, el que merecía. Ahora sus calles se tiñen de granate cada 29 de Junio.

Pero volvamos a aquel trágico 1 de enero. Dos horas después del incidente, controlado el pánico y el estupor que invadió la plaza del ayuntamiento y subido a la ermita en busca de pruebas, Jorge Lezana se acercaba en aeromóvil a Haro junto con cuatro de sus compañeros, armados y preparados para lo que habían sido entrenados.

Jorge solo tenía veintidós años y era la primera vez que iba a la ciudad de sus abuelos. Era la segunda generación en San Felices, y ya no tenían aquella morriña de las generaciones anteriores. Además, se había convertido en un lugar peligroso ya que muchos delincuentes de la zona se refugiaban allí. Era algo así como una ciudad sin ley. Aterrizaron en una explanada al lado de los antiguos juzgados y decidieron continuar a pie para moverse con sigilo.

Héctor Palacios, el segundo más joven del grupo, juraba y perjuraba que aquel cuadricóptero pertenecía al chulapo, un alocado forastero que llegó hacía cosa de dos años a San Felices. Héctor decía que podía reconocer el ruido de todos y cada uno de aquellos automóviles del pueblo y muchos validaban sus aptitudes. Al parecer el chulapo frecuentaba las ruinas, solo dios sabe por qué, con lo que esto, unido a la falta de otras pistas de utilidad, desencadenó tales investigaciones.

Se adentraron por la ventilla por orden del coronel. Su idea era encontrar a alguno de esos parásitos sociales para ver si sabían algo. Ya en sus primeros pasos, Jorge Lezana no podía creer lo que veían sus ojos. El paisaje era desolador, digno de película de terror. Lo primero que le sorprendió fue que todo era de un gris tenue, faltaba color y alegría en aquel lugar. El polvo tapaba absolutamente todo a lo largo de aquella estrecha calle que llegaba hasta la Plaza de La Cruz. Edificios inertes, desmembrados en su interior, algunos solo con los restos de una fachada otrora señorial. En la mitad de su recorrido, allá donde el viejo alquitrán comienza a ascender, vislumbraron los primeros signos de vida. De uno de los pocos edificios preservados casi en su totalidad salía una luz tenue, intermitente y móvil, la proveniente de unas llamas oscilantes.

Ya dentro del edificio, arma en mano, inspeccionaron sala por sala, pero no encontraron nada de utilidad. Periódicos y maderas que usaban como combustible, algún que otro libro de los antiguos, de los de papel, muchas bolsas de plástico y botellas de vidrio. Aquella gente seguía viviendo como en el siglo pasado. Al final del pasillo, la luz era más fuerte y al acercarse descubrieron un bulto inmóvil pegado a la hoguera:

– ¡Qué coño queréis! Marchar y dejarme en paz, mecagónsatanás. No sé qué chorras pintáis aquí.

La voz sonaba ronca, le costaba respirar. Sin duda la radiación pasaba factura.

– Solo buscamos al chulapo ¿Lo conoces? ¿Sabes dónde suele venir?

– Ese desgraciado no ha hecho nada malo. Alguien le está utilizando, siempre habla de esa mujer…- Se vio interrumpido por una fuerte tos. Escupió y un gapo sangriento se pegó a lo lejos.

– ¿Qué mujer? Dinos donde se esconde. Ha matado a un hombre en San Felices.

– Si eso es cierto…no habrá sido por voluntad propia. Estará…en el Palacio de la Cruz…

No había terminado la frase cuando el coronel ya estaba bajando de tres en tres las escaleras camino de la calle con un “será canalla” entre dientes. El viejo coronel a sus 71 años era el héroe local. Salvó a cientos de personas en la guerra cuando solo era un chaval, luchó en el frente durante meses y fue uno de los artífices de la reconstrucción. Su amor al viejo pueblo seguía intacto y era proclive a preservar y restaurar los edificios emblemáticos. Por eso le jodía saber que alguien pudiera estar deteriorando tan bello edificio.

Era inverosímil pensar que edificios de este siglo habían caído como la mantequilla y un palacio del Siglo XVIII continuara en pie, desafiando al tiempo. Pero ahí seguía, esbelto, tan señorial como siempre lo fue, quizás algo más oscuro, pero eso para nada afeaba su fachada. Jorge Lezana se permitió un instante de observación antes de seguir a sus camaradas hacia el interior: tres plantas en piedra arenisca de la que ya no se utilizaba, con seis ventanales de un estilo muy característico (luego le dijeron se llamaba barroco), decoración curvilínea que le encantó. Entre los balcones un impresionante escudo señorial en el que pudo distinguir una efigie humana con la boca abierta. Si se hubiera fijado con más detenimiento, Jorge hubiera avistado el escudo de la familia Rabanera de Haro, en el segundo cuadrante de la heráldica, antecesores suyos. Pero ese dato se había perdido en la historia convulsa. Al bajar la cabeza, un águila imperial flanqueaba aquel arco de medio punto que le dejó con la boca abierta. Su puerta de madera se quemó durante la guerra por lo que allí solo quedaba una oquedad negra como el tizón. Y hacia allí se dirigió instantes después de que un trágico y desagradable grito saliera del edificio, creando un eco que atravesó todas las calles de Haro.

– Hemos llegado tarde, se acaba de ahogar en su propia sangre.

El chulapo yacía inerte en el suelo encima de un charco de sangre morado como aquel vino que tantas alegrías proporcionó a la ciudad. Su cuello, abierto de lado a lado, no impresionaba tanto como aquellos ojos abiertos de par en par, congelados en el pánico. En el pequeño habitáculo solo iluminado por las linternas de los allí presentes, no había prácticamente nada: una vieja silla, un desvencijado canapé tirado en el suelo y un viejo televisor estropeado. La ventana entreabierta dejaba ver el cuadricóptero que horas antes despegaba de la ermita de San Felices. El coronel se agachó junto al cadáver todavía caliente, llevó la mano a la chaqueta militar del chulapo y de su cuello extrajo dos filamentos largos como un dedo índice, ligeramente curvados, flexibles. Sus experimentados ojos inspeccionaron aquellas hebras más gruesas que un hilo, y su cara se transformó en una mueca de victoria:

– Está más que claro, las pistas no dejan lugar a la duda, solo ha podido ser obra de…

Pascual Oñate se despertó en las campas de San Felices, algo pedo todavía. Una rápida ojeada le bastó para ver que todo seguía en orden. Levantó la cabeza y respiró tranquilo, la estatua seguía allí. – Eh Ayala, guapa, no te vas a creer lo que he soñado… (Continuará, aunque quizás ya sepas quien es el culpable 😉

Todo por un sueño

Hay personas que son felices con lo que tienen, no le piden nada al mundo y se conforman con los que les va cayendo de la diosa providencia. Son los conformistas. Otros se pasan el día soñando con una nueva forma de vida, con un destino diferente o con una serie de comodidades y ventajas paras sus, para ellos, miserables vidas. Pero no hacen nada, solo sueñan. Estos son los soñadores.

Y queda un tercer grupo, los que sueñan, y sueñan tan alto, lo predican a los cuatro vientos, y no les queda otra que perseguir sus metas y aspiraciones, sus deseos, de lo contrario no son capaces de hallar la felicidad. Ellos son los conquistadores.

Pues en este tercer grupo se encuentra mi loca y salvaje amiga Tania Tena Pérez, tan aventurera que hay veces que tenemos que atarlas de pies y manos para poder verla unos minutitos. Pero como las distancias no son problema para nosotros, hoy quiero que se vaya lejos, quizás también para tener un motivo por el que cruzar el charco (aunque a estas alturas creo que me sobran los motivos). Solo os pido un voto, un minuto, y os pediría otros dos más para leer unos párrafos tan bellos y motivadores como los que ha escrito, y para ver unas fotos que incitan a la aventura, a levantarse del sofá tanto a conformistas como a soñadores. Entren aquí y hagan sus sueños realidad:

http://www.destinosudamerica.com/concurso-participante/?dsaceid=eHw0NDc1