san felices

La estatua perdida

         Como cada domingo, Pascual Oñate preparaba todos los bártulos para su paseo ciclista por los montes Obarenes. Le acompañaba su incondicional amigo (desde la guardería, solían repetir con orgullo) Serafín Hernández. Pese a que eran jóvenes todavía, habían dejado de frecuentar la Herradura los viernes y sábados, decían que ya no encontraban nada nuevo ni motivador.

                Pero no era solo eso. Detestaban en qué se había convertido la juventud jarrera, más pendiente de pillarse el pedal del siglo finde tras finde que de disfrutar del bello lugar que les había tocado vivir. Y ellos se disponían a disfrutarlo. 10 minutos antes de la hora de siempre, Pascual llegaba con su flamante Orbea Ocamm H50—3 meses de ahorros y una ayudita de los padres—a la plaza de la iglesia. Serafín vivía en un modesto estudio en la calle Garrás, herencia de un tío paterno sin descendencia. Aquel lugar le encantaba, por su belleza y por los recuerdos.

         En su mente recordaba allí algunas noches de bailoteos en conciertos de grupos para él y su cuadrilla muy conocidos, pero para pocos más; y muchas más noches sentados al resguardo de los arcos de piedra ocre que guarnecían por mucho tiempo la espectacular portada de la parroquia, bebiendo rioja libre y riendo durante horas.

           La plaza era una conjunción de diferentes tonalidades de marrón, muy característico de la zona. Varios edificios cerraban en semicírculo sobre su edificio principal, la gran portada de la parroquia, de un gótico sobrecargado que a Pascual sobrecogía desde pequeño, pese a no ser muy dado en la materia. Enfrente, 5 arcos de medio punto con varias balconadas y un mirador blanco típico de la localidad. A la derecha el edificio de la cofradía, donde 3 grandes pilastras sujetaban dos pisos de fachada con ladrillos superpuestos. En una esquina, el edificio más espectacular para Oñate de todo Haro, el palacio de los condes de Haro, una casa señorial con un enorme escudo esculpido en piedra custodiado por dos columnas también labradas en la pared.

— Eh ¡empanao! ¿Te has enamorau o qué?

—  Joder Serafín, que susto. ¿Llegarás algún día puntual?

— Tío, que ayer me lié. Fui a echar 2 vinos con el Luisen y los viribays y se me piró. ¡Acabé en el brutal dándole al futbolín y toda la ostia! Anda vamos, a ver si me sigues el ritmo.

                Y salió disparado por la calle Santo Tomás. Bajaron como balas por la calle Navarra y en menos de 1 minuto estaban subiendo camino de San Felices. Desde que empezaran con la bicicleta más en serio, hace ya un año, siempre subían hasta los riscos de Bilibio, para calentar, decían entre sonrisas. A estas alturas ya se conocían todos los caminos, sendas y veredas desde la cantera hasta Cellorigo como la palma de su mano.

                El día era perfecto, hacía un Sol de justicia, y ya encaraban la cuesta final, un rompepiernas atroz, final de su calentamiento, cuando Pascual levanto la cabeza hacia la estatua del santo, o hacia donde debería estar.

San Felices

— Pero que co…

— ¡Si no está!

                Y es que la estatua de San felices, de unos tres metros y medio de alto, sin contar la base, hecha de piezas de hormigón, había desaparecido como por arte de magia. Estupefactos, flipando, que dirían ellos, los dos amigos subieron a pie por las escaleras a la ermita hasta la base de la estatua. Allí las vistas eran espectaculares, Pascual nunca dejaba de sorprenderse. El día era perfecto y se divisaba sin problema toda la Rioja Alta con los viñedos comenzando a brotar de un verde claro brillante. Al fondo, el imponente San Lorenzo y sus acompañantes vecinos mantenían, pese a la época del año, sus cumbres blancas. Al este, San Vicente y Briones destacaban en sus respectivos cerros, rodeados de una suave bruma.

— Almas su raza Pascuali, ven a ver esto. Yoda nos ha venido a visitar.

                Pascual se acercó a su amigo, que en sus manos sostenía un pergamino antiguo, amarillento, en cuyo centro se definía, ya muy borrosa, una foto antigua. En ella, la carretera que tanto conocían de ascenso a los riscos, estaba plagada de personas subiendo andando, en carros o coches de la época, todos con una enorme sonrisa en sus caras. Y en el pie de foto, unos trazos medievales sostenían aquella inquietante frase:

“Para que la estatua pueda retornar, el pueblo la fe en Haro debe retomar”

                Tras unos instantes de estupor, donde solo se oía el viento pasando de Castilla a La Rioja, ambos comenzaron a sopesar la situación y a plantear que harían. Descartaron rápidamente acudir a la policía, unos sucesos hace año y medio con unos contenedores calle abajo de por medio y varios coches reventados no les hacían muy amigos del orden público, además de otros hechos de diversa índole durante sus cortas vidas. Tras varias tentativas de Serafín por seguir con el paseo mañanero, finalmente Pascual convenció a su amigo en visitar a Ángel Tostado Palomino, el párroco. Amigos desde los campamentos de verano, les había sacado de un par de embrollos gracias a su posición, y aunque ninguno frecuentaba el culto católico, seguían manteniendo una buena amistad. Ángel era un gran intelectual, muy versado en la historia jarrera y amigo de los misterios.

— Todo esto me recuerda a algo, pero no consigo atar cabos. Quizás… —El enjuto y desgarbado párroco, con un corte de pelo más militar que eclesiástico, abrió un polvoriento armario de un recodo de la sacristía y hurgó entre varios tomos que al parecer pertenecían al archivo histórico de la ciudad. Al rato, sacó uno de ellos que parecía a punto de desintegrarse en sus manos y comenzó a ojearlo— Ahh, ¡aquí está! — Y en un tono señorial, muy serio y grave, comenzó a relatar párrafos y párrafo de aquel viejo tomo.

La leyenda, de más de 500 años de historia, contaba que el fervor y la pasión por los actos tradicionales de la localidad debían mantenerse en el tiempo, como expresión orgullo de la tierra en la que habitaban. De lo contrario, y en caso de una pérdida de populismo en la celebración de todos los actos relacionados con la Virgen de la Vega, traída en tiempos de la invasión musulmana desde Granada, toda la imaginería y riquezas que acompañaban tales actos y celebraciones, desaparecerían sin previo aviso.

— Como veis, la leyenda habla de la patrona, pero no menciona a Félix el anacoreta. Pese a ello, intuyo que esta desaparición y la leyenda de la Virgen tienen algo que ver.

—   ¿Estás diciendo que algo o alguien ha hecho desaparecer la estatua? ¿Y cómo co…— Serafín se contuvo, estaba en una iglesia— ¿Cómo narices lo ha hecho?

— Así es. Y lo desconozco. Pero no descartaría que más objetos hubieran desaparecido. No hay más que ver cómo están las cosas por el pueblo para darse cuenta.

Lo cierto era que las tradiciones, otrora populares y multitudinarias, se estaban perdiendo, y poco quedaba del furor de años pasados. Ya casi nadie subía a los riscos el primer domingo de septiembre, y el 29 de junio era ya más conocido por el desenfreno nocturno (cada vez más lleno de violencia y drogas) que por la romería y el lanzamiento del néctar de los dioses. Cuatro gatos iban ya a la procesión del 25 de junio, y la plaza ya no se llenaba en la procesión de los faroles, algo inaudito años atrás.

                — ¿Cómo devolver entonces la estatua a su emplazamiento, padre Ángel?

                —Muy sencillo, al menos de decir, devolviendo al pueblo su pasión por Haro, ya lo dice ese pergamino que habéis traído—. En ese momento las campanas de la parroquia tocaban las 12 y un coro de guitarras comenzaba a sonar a los pies el altar. Aquella conjunción de sonidos despertó la vena intrépida de los dos amigos, que se miraron y sonrieron, sabiéndose partícipes del inicio de una aventura. A Serafín solo le faltó chillar un “¡Qué guapo tío!”, que sin duda hubiera estropeado el momento.

                A las pocas horas, los engranajes ya empezaban a chirriar, y los motores sonaban potentes en casa de Serafín. Era necesario el empleo de todas sus armas. Comenzaron por emplazar a su cuadrilla a una quedada esa misma tarde. Primero se movieron por la red, atrayendo al público juvenil jarrero con un emotivo evento en Facebook detallando lo acontecido. Twitter, instagram y demás redes sociales quedaron también bombardeadas por su información. El primer lugar al que acudieron fue a la oficina de turismo, para dar más validez a la información creada en la red por ellos. Pero no iba a ser nada fácil.

                Y todo gracias a la policía. En aquel momento, ya enterados de la desaparición de la estatua, la información había llegado a la radio, y tanto en la onda que poseían de la frecuencia modulada como en su página de internet, ponían al tanto a los ciudadanos de los hechos acaecidos, dejando constancia de que todo había sido obrado por un grupo de delincuentes juveniles, probablemente de la propia ciudad jarrera. Instaban a cualquier vecino a dar cualquier tipo de información, por mínima y poco interesante que pareciera.

                Todos sus intentos de convencer de su historia a los jarreros fueron en vano. La Radio, la directiva deportiva local, el ayuntamiento, la cofradía…Nadie les creía. Se dieron cuenta que tratando con adultos, y más con la fama que ostentaban, todas sus propuestas iban a caer en saco roto. Pero… ¿Y si buscaban solo al público juvenil? Entre ellos tenían bastante popularidad. En ese momento de incertidumbre, Pascual Oñate tuvo la idea de su vida. Y se puso manos a la obra.

                Convenció a todos sus amigos cercanos junto con Serafín de la historia. Afirmó que esto solo se solucionaría con una multitudinaria procesión a los riscos el fin de semana siguiente. Juntos establecieron los pasos a seguir y movieron hilos. Hablaron con los chavales más populares de cada quinta, para instigar a todos los jóvenes desde los 14 hasta la treintena, si era posible; fueron donde las peñas, llevarían sus carteles, blusas y pancartas; hablaron con chavales de la banda para que montaran charangas improvisadas. La idea era subir todos andando al son de la música hasta las campas de San Felices, donde almorzarían y se realizarían diferentes campeonatos: póker, mus, juegos para beber…Además de exhibiciones de capoeira, parkour, motocross… ¡Hasta un grupo de skaters de no más de 15 años montaría una mini rampa para hacer saltos! Todo iba sobre ruedas.

                Junto con varios conocidos bastante profesionales en el arte urbano y el diseño gráfico, decidieron hacer un bombardeo nocturno, y la mañana del miércoles las calles de Haro amanecieron plagadas de carteles anunciando el gran evento el sábado y de enormes y coloridos grafitis, algunos más subversivos que otros, del estilo: San Felices nos reclama, aquí ay-untamiento o la juventud se levanta. Muchos de ellos eran de enorme belleza, arte urbano en estado puro, aunque  muchos no lo vieron así. El ayuntamiento tachó la acción de desobediencia civil, cuatro desalmados y cosas por el estilo. Las redes sociales se hicieron eco del asunto y al parecer, jóvenes de poblaciones cercanas se unirían al acontecimiento.

                Muchas cuadrillas cercanas a la suya se unieron a la organización, y se optó también por montar cada una un carro con equipo de música para dar más ambiente a la subida. La idea más descabellada llegó de Serafín (no iba a ser menos) que planteó montar una rampa gigante de plástico mojado que acabara en un mini salto y una piscina prefabricada. Una especie de autos locos sobre agua. Una locura sublime. Varios bares comentaron con los organizadores, a escondidas, el montaje de barras en las inmediaciones, a precios populares, pese al a fuerte prohibición del acto por parte del gobierno local.

                El viernes por la noche, en la víspera de día D, Serafín y Pascual estaban agotados, pasando las últimas cajas con preparativos de un coche a otro en la plaza de la iglesia.

                — ¿La que hemos montau eh Pascuali? ¡Esto va a salir en todos los putos noticiarios!

                ­— Uf, no sé yo. ¿Y si la gente se borra y no viene ni Dios?

             — Hazte caso que no, y estoy seguro de que Dios, por mediación de San Felices, ha obrado más que nosotros en todo esto, y vendrá—. La carcajada rebotó en los arcos y desapareció por la calle del padre Risco en dirección al Bistrot.

 romeria

                Y Serafín tenía toda la razón del mundo. El día D a la hora H, la plaza de la Paz estaba más llena que nunca. Jóvenes de todas las edades charlaban en grupos, muchos de ellos disfrazados. Las peñas ondeaban sus carteles, había muchos carros con megáfonos, gente en bici, patinetes, algún que otro caballo, hasta una furgoneta llevaba detrás todos los instrumentos de un grupo de rock local que tocaría durante la subida. Ahora ya solo quedaba disfrutar. Y fue grandioso. Horas más tarde, las campas de San Felices era un ir y venir de chicos y chicas felices, cantando, bailando, saltando. Había actividades por todas partes. Los pocos policías que intentaron parar la subida, mandados por el ayuntamiento, se unieron a la fiesta al verse totalmente impotentes ante la marabunta juvenil. Sobre las 5 de la tarde, y mientras Serafín soltaba un discurso sobre el poder festivalero de los jóvenes jarreros, las miradas fueron ascendiendo poco a poco hacia lo alto, finalizando en un estallido de vítores y aplausos, que dicen se oyeron desde Miranda. Y es que la estatua había vuelto a su lugar de origen. Tan sorprendentemente como desapareció.

                A pocos metros de allí, en lo alto de una roca y con las manos entrelazadas a la espalda, Don Ángel Tostado Palomino, sonreía, orgulloso de lo que estaba viendo.

el lomo de wall street

 

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