especias Marrakech

Un día cualquiera en Marrakech

Esa sensación que aparece cuando estas en un lugar que te satisface, haciendo algo que te gusta, sabiendo que no estás malgastando el tiempo. Esa sensación que notas en tu cuerpo cuando aparece la felicidad, cuando tu sonrisa no desaparece, cuando los puntos positivos superan con creces a los negativos. Esa sensación cuando todo lo que ves es nuevo y te gusta, te sientes curioso, seguro de ti mismo, todo es excitante y no cabes dentro de ti. Esa es la sensación que tengo cuando viajo y conozco lugares nuevos. Y en este caso, en el caso de Marrakech, esa sensación es más poderosa aún. Esa sensación.

El día comienza a las 10:30 de la mañana. Salgo a la calle con un entusiasmo atroz, cavilando sobre lo que me deparará la ciudad, no teniéndolas todas contigo. Pero sobre todo, intentando no hacerse una idea equivocada de cómo será la ciudad, para no llevarse una desilusión. A 100 metros tengo la famosa plaza Jemaa el Fna, según muchos viajeros, la plaza más animada del mundo. No he visitado todas las plazas del planeta tierra, pero posiblemente pueda corroborar esa información. Pero dejaremos la descripción de tan animado lugar para la tarde-noche, cuando alcanza su máximo apogeo. Por el momento decir que durante el día uno puede tomarse un zumo de naranja natural (o de pomelo, para los raritos) por 4 Dh, dírhams, al cambio unos 40 céntimos. Y los zumos de naranja de aquí son verdaderamente orgásmicos. También he de decir que me declaro un apasionado de los zumos de naranja, de hecho, estoy planteándome tatuarme un zumo de naranja en el pecho. Estoy entre el zumo y una sobrasada, también única en el mundo.

Como iba diciendo, la plaza conserva toda la actividad de la ciudad antigua, es el epicentro por excelencia y allí me dirigí a desayunar. En una de las esquinas de la plaza se pueden encontrar varias terrazas juntas donde se come bien y barato. Ojo al dato los buscadores de gangas: Un zumo de naranja, un café o chocolate o té, una napolitana de chocolate y una especie de crêpe típico de marruecos que se llama, cuidado a los de la risa floja, semen (ahhh estás desayunando semen por la mañana!! Jajaja es bueno para el cutis!), más la correspondiente miel, mantequilla y mermelada por…20 DH, menos de 2€. Incroyable mes amis, super! Rico, barato y para toda la familia.

Zoco marrakechTienda en los aledaños de la plaza Jemaa el Fna

Después de tan grato inicio, comenzamos, junto con un ex-compañero de trabajo, a patear el casco antiguo de la ciudad, llamado La Medina, rodeada toda ella de un muro de unos 10 metros de altura hecho de barro, con diferentes y bonitas puertas de entrada. Una Ávila a la manera africana, muy medieval todo. Nuestros primeros pasos nos llevaron al edificio más alto de Marrakech, la mezquita el Koutoubia, con un minarete de unos 80 metros de altura, considerado el epicentro religioso de la ciudad. Como muchos sabréis, los musulmanes rezan 5 veces al día, y son llamados desde estos minaretes a la oración. Lo que pocos sabréis, y yo también desconocía, es que una de las oraciones se lleva a cabo a las 5:30 de la mañana. Por lo que ya no es tan agradable despertarte en medio de la noche, con unos megáfonos enormes gritando: Allah o agbar! Allah o agbar! (Dios es grande). Resido en el antiguo club Med La Medina, justo entre la Koutoubia y la plaza Jemaa el Fna, es decir, más céntrico imposible. Para los que conozcan la ciudad, justo donde se colocan los carros con caballos para los tours turísticos por el centro. Ningún edificio puede ser más alto que este minarete, precioso desde cualquier punto de vista, con grandes recuerdos en el primer instante que lo ves con la giralda de Sevilla. De hecho, estoy casi seguro que la giralda es una copia de este minarete. Sobre todo por la noche, bien iluminado, resalta y es digno de descansar un rato en alguno de los bancos próximos del parque contiguo para admirar su eterna y musulmana belleza.

Mezquita KoutubiaMezquita Koutubia

Nuestros pasos se acercaban ya al kit de la cuestión, a la esencia de la ciudad, al centro de atención. A las calles repletas de personas yendo y viniendo, a los turistas que resaltan como si tuvieran puestos triángulos de colores encima de la cabeza en modo Sims. No me quité la sonrisa de la boca en todo el día. Lo juro. Todo era tan nuevo de ver, tan divertido. Lo mejor que te puede pasar en estos casos es que seas algo extrovertido, y entonces no pararás de hablar con desconocidos durante todo el día.

En la esquina contraria de la plaza tomamos la calle Riad Zitoune Jdide, que nos llevaba directamente hasta nuestro primer objetivo: el Palais Bahía. Dentro de la Medina, la calle principal más grande no tiene más de 5 metros de ancho, y el resto son callejones y callejas, pasajes, túneles, travesías en las que 3 personas andando a la vez se chocan sin cesar. Las calles principales se pueden distinguir por dos cosas: los ríos de turistas en ambas direcciones y la cantidad de tiendas y puestos, a razón de 2 cada 10 metros, o más.

El Palais Bahía no tiene nada de especial. Un palacio residencial de reciente construcción (se terminó de construir sobre el 1898), con 2 patios principales y numerosas estancias, decorado muy a la manera de los palacios nazaríes de Granada, salvando enormemente las distancias. Sí que son dignos de mención sus patios interiores, los cuales supongo y aseguro, serán oasis perfectos durante la época estival, con los naranjos cobijando del desértico sol. En cualquier caso, el precio de la entrada (10 DH, 1€, hace la visita casi obligatoria).

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Muy cerca también nos topamos con otro palacio, el palais el Badii, donde por otros 10 DH nos adentramos en otro edificio, esta vez mucho más antiguo y monumental, datado a principios del siglo XVI. Aunque su estado no es del todo aceptable, cosa normal pensando que está hecho a base de barro, merece la pena, sobre todo para subir a la terraza donde se pueden obtener unas buenas vistas de los techos de la ciudad. Un techo marrakchi sin una parabólica es como una teta sin pezón. Sin sentido.

Muy cerca se encuentran las tumbas Saadianas, que tuvimos que dejar para otro día. Así pues tomamos otra de las calles principales que sale de la plaza, la calle Riad Zitoune el Kedim de vuelta al epicentro. En ella nos paramos a comer en un pequeño restaurante autóctono. Por 50 DH (menos de 5€) pude degustar una ensalada, un enorme tajine de ternera (servido con patatas y legumbres), pan y agua. El pan marrakchi es sencillamente alucinante. Y el tajine no se quedaba corto, la verdad. Me dejó mucho más que satisfecho.

Tras la no tan frugal comida, comenzamos a practicar el deporte rey por excelencia en Marrakech: el regateo. De primeras esta es la regla a seguir: el precio que te digan, divídelo por 3, ese será tu objetivo final. Después toma la táctica que quieras. Es tan sencillo que si el marroquí en cuestión te dice el precio y te quedas callado 3 segundos, rápidamente te preguntará: ¿Quieres negociar? ¿Cuánto quieres pagar? Así pues hago un llamamiento a los que alguna vez vinieron y pagaron directamente el precio inicial: estáis grillaos, tronados, del ala, ni puta idea, iros al guano, me tenéis hasta el coño. ¡Regatear, regatear y regatear! Como no os decían de pequeños en los entrenos.

Verdaderamente es un arte esto del regateo. Y ellos tienen la carrera universitaria, dos másters en formación y una tesis doctoral. En resumidas cuentas, están curaos de espanto. Siempre te llevarán a su terreno y acabarás pagando más de lo que pensabas. Pero eso es así, y aun así saldrás ganando, porque será barato, con lo que todos contentos y pa’ casa. Y desde luego, para llegar al objetivo final, hay que ser persistentes, perseverantes y no desesperar.  Sobre todo, cabezotas, porque te cambiarán de idea en caso contrario. Relojes por 5€, carteras de cuero por 1-10€, vasos de té por 7€ la docena, aceite de argan auténtico, camisetas de equipos de fútbol por 10€ (más falsas que una moneda de chocolate), especias de todos los tipos colores y sabores (aquí no suele hacer falta regatear, está marcado el precio; objetos de cerámica desde 1€…Estos son algunos ejemplos. Yo en mi desvirgación como regateador profesional fui timado vilmente. Me compré un reloj casio de toda la vida (the very best whatch in the world) por 80 DH. Bajé desde los 150 DH, pero no quiero saber lo que cuesta en España. Y la pila…no es la de un reloj casio.

El minarete empieza su cántico islamista mientras continuo relatando lo vivido en el primer día turístico por Marrakech. Por lo general las tiendas y puestos del zoco de los aledaños de la plaza Jemaa el Fna se agrupan por gremios. Así pues, no es difícil penetrar en un patio interior de dos pisos y verse rodeado de antiguallas, chatarra, diversos objetos decorativos de cobre, hojalata, plata etc; o en otro donde la mezcla de olores es tan diversa que el aparato olfativo no es capaz de captarlo todos, y te cogerá el que peor huela, por supuesto (un beso para mi querido Murphy, el de la ley).

Sobre las 17:30 y con la ciudad en plena actividad, nos dirigimos en taxi hacia el barrio de Gueliz, el barrio europeo de la ciudad marroquí. Jamás, jamás de los jamases, entréis en un taxi sin negociar antes el precio, o si este no enciende el taxímetro. Pagaréis por un corto viaje lo que nunc habéis pagado. Siempre negociar (palabras como juyah, je ne suis pas un touriste, je habite ici…sirven bastante) y acordar un precio antes de salir. Como os decía, la zona de la plaza 16 de noviembre (coincidentes dos grandes arterias de la ciudad, la avenida Mohamed VI y la avenida Hassan II) es lo más parecido a un centro comercial europeo: Mc Donalds, Adidas, Zara, New Yorker, edificios de varias plantas con bloques comunitarios…Una pequeña feria con puestos de artesanía local nos permitía ver cosas sin la presión de ser un turista en pleno zoco. Aquí los viandantes eran todos locales, marrakchis. En uno de los bares cercanos pudimos descansar viendo un partido del Madrid, son mucho más aficionados a nuestra liga casi que nosotros (¿Barcelone o Real? Preguntan a todas horas cuando reconocen mi fuerte acento español). Un estupendo té a la menta como no los hacen en otro lao me reconstituyó por completo mientras fuera se levantaba un pequeña tormenta de arena, al parecer, algo típicas por aquí.

Y a la vuelta nos quedaba lo mejor. El poder de la actividad humana en su máxima expresión, el ocio por el ocio, la vida en la calle. Según vas acercándote a la plaza Jemaa el Fna el bullicio y el ruido de tambores y diferentes instrumentos orientales va incrementándose de forma exponencial. La noche ha caído y los puestos de comida aparecen como por arte e magia en el centro de la plaza. Todos iguales, con prácticamente la misma comida, pequeñas carpas blancas con un carro enorme en medio, con planchas más sucias que las del Tiriquilla (parece mentira, pero es posible) y con una continua columna de humo que lleva el olor a fritanga hasta el mismísimo cielo. Por todas partes se agrupan personas de todas las nacionalidades a ver algún tipo de espectáculo: partidas de cartas, peleas de gallos, conciertos improvisados, juegos de feria de diversa índole (pescar la botella, dejar la moneda en pequeños números flotantes, etc). Por 30 DH me comí unas brochetas de pollo, todo siempre servido con una generosa hogaza de pan, aceitunas especiadas y salsa picante. Los puestos del zoco ya están cerrando a esas horas pero la actividad no cesa hasta altas horas de la noche. Todos los días. Y en ese justo momento, sentado en una de esas carpas entre una pareja de japonesas y una familia alemana, supe que para nada me había equivocado de destino, y que me quedaban muchas cosas por descubrir de este maravilloso lugar.  Cosas que os iré contando poco a poco.

Me dí cuenta que por fin, después de unos meses en el pueblo, estaba exprimiendo la vida.

Y riéndome mucho. Hasta la próxima

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