Sensaciones iniciales

Escrito en las primeras horas en Marruecos, el martes 4 de marzo a las 10:00:

Es difícil expresar ahora mismo lo que siento. He dormido poco y mal, mi cabeza no ha parado de dar vueltas analizando, pensando, manejando posibilidades. No llevo ni 24 horas en Marruecos y las cosas ya han sucedido de manera vertiginosa.

Tras dos aviones Bilbao-Barcelona-Marrakech llegaba a la ciudad africana sobre las 13:30 hora local (recordemos que España no está utilizando la hora que le correspondería por huso horario, gracias al petit cabrón, que quiso tener la hora del otro petit cabrón, Adolfito). Lo primero agradable al llegar, la temperatura. Bye Bye frío infinito riojano, me tenías un poco hasta los cataplines. Probablemente en dos meses lo echaré de menos, cuando por aquí empiecen a derretirse las carreteras. Pero on verra, que dicen los franchutes.

Después de una cola de más de 1 hora para enseñar el pasaporte (jodidas fronteras), salía a la zona pública para ser recibido de una forma que siempre he querido, con un cartelito con tu nombre de alguien que desconoces totalmente, y él no te conoce tampoco. Es algo así como el “llevaré un clavel rojo” en versión más profesional. Lo cierto es que no tenían un cartel con mi nombre, pero me ha valido.

Un transfer me llevaba al hotel donde trabajaré durante los primeros 3 meses, quizás más, el Club Med La Palmeraie. Situado en la zona de “el palmeral”, goza de más de 30 Ha con campo de golf, varios bares y restaurantes, un spa de más de 1000 m2, pistas de tenis, sala de musculación, caballerías, etc. No pinta nada mal eh. Pues allí no voy a vivir. Normalmente los GO (así llaman a los empleados, gentiles organisateurs, por aquello de la búsqueda de la excelencia y la filosofía de empresa, movidas de hotelería, no le deis más vueltas) viven en el propio hotel, disfrutando de las mismas prestaciones que un GM (cliente), pero somos demasiados y no cabemos por lo que algunos vivimos en La Medina, un antiguo village (hotel) de la compañía, y aquí viene lo bueno, a escasos 50 metros de la plaza Jemma el Fna. En pleno cogollito marrakechí.

Una navette une los dos hoteles para GO’s y GM’s en menos de 20 minutos. Hoy he cogido 6, así, de risas. Me la han liado un poco la verdad. Llegaba todo pincho para dejar mis maletas, con mi perfecto francés de carretera, intentando convencer al morito securata (que de securata tenía menos que yo de negro, creo que andaba viendo porno en la garita) que él tenía o debía tener la llave de mi nueva habitación. Pues nada, ha debido haber un lío de información árabe-francés perdido por el camino y la llave no estaba. Vuelta al hotel a por la llave, vuelta al centro, ducha rápida y otra vez para “el palmeral” para cenar y hablar con mi nuevo responsable, Karim.

Mi primera gran sensación al ver las calles de marruecos y sus gentes ha sido una sensación de reencuentro con algo ya casi olvidado. El reencuentro con África. Creo que es algo que es necesario vivir, que por mucho que te lo cuentan no vale. Es ver las calles como epicentro de la vida, ver bullicio, ambiente, un orden dentro del total desorden. Ruidos continuos, voces, chillos, cláxones (creo que se creen que el pito es el acelerador o algo), motos que van y vienen, bicis que se cruzan por todos lados, continuos uiiiii al ver delante de ti coches a punto de chocar (hay más amagos de accidentes que personas conduciendo). Y en las aceras, personas caminando sin cesar, otros parados en el mismo lugar por horas, puestos de comida de mil colores, al lado de tiendas de chatarrería o de mecánicos de motocicletas. Y todo rodeado de marrón. Todo marrón. Pero no un marrón mierda, no, un marrón bonito.

Decía al principio que me encuentro en una tesitura un tanto extraña. En un cruce de sentimientos. He intentaré explicarlo. No por contaros mi vida y rasparos un poco, que también, sino para extraer de todo ello unas conclusiones de las que podáis ser partícipes.

Primeramente estoy feliz, por fin he venido a Marruecos, voy a tener un trabajo que en principio me va a gustar, he salido de casa y me estoy moviendo, buscándome la vida. Eso es motivador.

Pero por otra parte estoy nervioso. Y mucho. Le doy vueltas a lo que tengo y no tengo que hacer, a las cosas que me he olvidado, a si voy a cumplir con lo que me reclaman. Necesitas un apoyo que por el momento no tienes. Quizás sea el miedo a lo desconocido. Esa sensación que tenías, que te querías ir, pero que desapareció el día anterior a mi partida. Es esa parte de ti que se resiste a cambiar, que se aferra a tu zona de confort y no quiere que te vayas, porque estás muy cómodo en casa. Es como cuando te tienes que levantar de la cama, pero algo no te deja, porque estás tan agustito…

Esto es algo que siempre me pasa antes de viajar. Tienes unas ganas terribles, y  de repente, puff, desaparecen, como por arte de magia, y no te quieres ir. Como sé que me pasa siempre, estoy acostumbrado e intentas evitarlo, pero siempre queda ahí. Y eso unido a que, aunque parezca mentira (hablo por los que me conocen), soy una persona bastante tímida, me causa malestar.

Y luego sale el Alfonso positivo, el de los anteriores post, saca su espada y su escudo a relucir y grita con rotundidad: “aquí manda mi p….personalidad”. Y le dice al otro, al miedoso, que se ande tranquilo, que es normal que esté así porque ahora mismo lo que más se tienen son dudas: que va a pasar, como voy a hacer esto o lo otro, donde coño lavo mi ropa, como voy a evitar quemarme del Sol durante todo el día, cuando podré hablar con la familia y amigos… Pero que esas preguntas se irán respondiendo poco a poco, y que si no sale de su huevo y se atreve con todo, la vida al fin de al cabo resultará ser una mierda pinchada en un palo. Cuerpo alante, como en el furgol, con dos pelotas.

Creo que en esta vida hay dos comportamientos que hay que evitar: la chulería y la vergüenza. En el término medio está la virtud (gran frase, la mejor). Con el primero no llegarás a nada, parecerá que se abren puertas rápidamente, pero luego resultará que esas puertas son muros que se caen sobre ti. Con la segunda, podrás avanzar, pasito a pasito, pero nunca llegarás al disfrute máximo de todas las posibilidades.

Como me dijo una vez un profesor del instituto, hace ya unos años, hay que utilizar las tres B: balor, balentía y buevos. No queda otra. Afrontar el presente con lo que tienes, sin lamentar lo que podrías haber tenido. Ser cauto, pero no dormirte en los laureles, atento a todo, alerta. Esto cansa bastante, pero también hay que pensar que quizás hayas descansado bastante y haya que darle caña a tu vida. Y si no me crees, te recomiendo leas otro post de este blog, en el que hablo de la fuerza del positivismo.

Así pues, amigo que puedas estar en mi  misma tesitura. Resiste. Date un tiempo. Observa como están las cosas, hacia donde pueden evolucionar, siempre pensando que evolucionarán hacia donde tú quieres, porque ese será el primer paso para conseguirlo. Y lucha por lo que quieres, con todas tus fuerzas. Y sobre todo, por encima de todas las cosas, exprime la vida.

Y ríete mucho.

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