Mural Haro

A orillas del Tirón

              La mañana era fría pese a la época del año, ya bien entrados en mayo. Una densa  neblina pegada a los chopos del Tirón no permitía distinguir con exactitud los primeros edificios de la ciudad. Aquella ciudad que se mantenía viva en su mente, pero que presentía solo estaría allí, en su subconsciente, tal y como la conocía.

             En los pocos minutos que habían pasado desde que se apeó del tren que le trajo allí, Ismael Aduna ya pudo apreciar el paso del tiempo a su alrededor. La estación había sido reformada pero con esas, ni un alma presenció su llegada. Aún recordaba de joven cuando después de las navidades acudía con sus padres a despedir a los familiares que habían pasado tan entrañables fechas en la localidad jarrera. El andén estaba siempre repleto de locales despidiendo a sus seres queridos, una imagen que a él siempre le encantaba, ya que le recordaba a las películas de Hollywood.

           Eso mismo le vino a la mente al distinguir el nombre de la ciudad en lo alto de la atalaya. Que moderno, pensó. Solo le falta un funicular para llegar hasta allí. El mirador tampoco era el mismo, y decidió que sería el primer sitio al que iría. Sin embargo, algo le pareció inmutable al paso del tiempo. El barrio de las bodegas. La mayor congregación de bodegas centenarias del mundo, se dijo con orgullo. Un orgullo que, pese a todos los años pasados fuera, mantenía consigo gracias a los recortes de periódicos y noticias digitales impresas que guardaba como oro en paño. Una parte de él nunca se fue de allí.

             Releyó la carta de su viejo amigo Julio Viribay por enésima vez. “Pásate por el puente del Bobadilla a tu llegada”. En un primer momento le sorprendió un lugar de reunión tan extraño, pero en aquellos tiempos, aquello podría ser una zona recreativa o algo por el estilo. Sus andares eran inseguros, los de alguien que pisa terreno no muy firme por primera vez. Estaba nervioso, no las tenía todas consigo pese a las palabras tranquilizadoras de su amigo. Tuvo que pasarse a la margen izquierda del Tirón ya que por esa parte vio el puente derruido y tras un rodeo de mil demonios llegó a un skate-park. No andaba muy desencaminado.

               Un solitario niño patinaba ajeno a la llegada de Ismael y en lo alto del puente, la silueta de un hombre alto, con una espesa barba ya poblada de canas y las manos en los bolsillos de una chaqueta de lana, lo miraba fijamente. Sus ojos lo analizaban, como queriendo recordar. Al poco, una sonrisa apareció en la cara de aquel hombre.

Párrafo de separación

          —34 años. Se dice pronto. —Ambos observaban al nieto de Julián desde un frío y pálido banco de piedra al lado del skate-park. Se empeñaba en subir a lo más alto de la U con sus patines nuevos sin conseguirlo, y ahora daba vueltas y vueltas alrededor.

                —Es mucho tiempo. Pero aún lo recuerdo como si fuera ayer.

              Ismael se hundía en su memoria. Una enjuta mochila, 10.000 pelas en el bolso y una tarjeta con la dirección de un familiar en Madrid. Así huyó del pueblo que lo había visto nacer y crecer, sin echar la vista atrás. La mala suerte se cebó con él un 25 de Junio, patrón de la ciudad. Ismael disfrutaba con sus amigos, Julio incluido, de las fiestas patronales. Bailaban, cortejaban a las chicas y bebían. Era por aquella época un joven apuesto, y como tal, triunfaba entre el colectivo femenino jarrero y de la comarca. También era muy popular en el pueblo entre los chicos, pescaba como el mejor a orillas del Tirón, nadaba increíblemente bien y bebía en porrón de mil formas diferentes. Eso creaba también algunas envidias y rencores, y esto unido a unos cuantos empujones y algo de alcohol en sangre originó una trifulca con Sebastián Jiménez y su cuadrilla. La verdad fue que Ismael no buscó la greña en ningún momento, pero Sebastián, celoso por el último escarceo de Ismael con la espectacular Juanita Martínez, si lo hizo. Las amenazas y empujones los acabaron llevando a la calleja San Roque, justo detrás del palacio de las Bezaras, donde justamente se estaba reformando la fachada del edificio contiguo. Ismael evitó en todo momento los puñetazos y mamporros lanzados al aire por Sebas, en incluso se llegó a subir al andamio para huir. Sebastián le siguió, y en uno de esos intentos de golpearle, Ismael hizo una finta que Sebas se tragó, desequilibrándose hasta caer en uno en los andamios a medio montar, ensartándose en él. A los 3 días moría en el Hospital en Logroño. La familia de Sebastián estaba envuelta en turbios negocios, todo el mundo sabía que sobornaban a la policía para mantener su impunidad, y no dudaban en usar las más oscuras e ilegales técnicas para obtener sus objetivos. Sabiendo esto, sobran las explicaciones.

               — ¿Entonces es cierto? — Dijo Ismael mientras se encendía un Malboro y ofrecía otro a su compañero.

          —Sí. El hijo de Sebas murió hace una semana de un cáncer. Todos los hermanos fallecieron ya salvo Labionegro, pero está totalmente senil. Además, los Jiménez, ya no son lo que eran. Los planes de venganza han tenido que pasar a mejor vida.

                —No me jodas Julito. ¿Y si alguien lo recuerda?

               —Te aseguro que no hay peligro. No hay arma más letal que el paso del tiempo, y en este caso, el tiempo ha sido más que suficiente. Anda vamos al Suizo, que hay que ponerse al día ¿A qué te has dedicado? ¿Pescador de siluros profesional en el Duero? ¿Costalero? Maldito Isma ¡El terror de las nenas! — La carcajada rebotó en el alero del frontón, se metió en los arcos del puente y se perdió por la antigua playa.

Párrafo de separación

             Ismael paseaba por los jardines de la Vega, preciosos en aquella época. Lo tajetes y alegría se combinaban con nuevas variedades de plantas asiáticas, más baratas y resistentes. Hacía un sol radiante y la Basílica brillaba con especial ilusión. Sentía bailar en la cabeza los dos vinos que había tomado con Matías el humilde en uno de los bares nuevos de la Avenida de la Rioja, no recordaba el nombre. Todo está muy cambiado, se repetía una y otra vez. Las primeras semanas en el pueblo habían sido intensas, plagadas de visitas a casas de amigos, cenas y muchas copas y farias a cuenta de los viejos conocidos. Había que recuperar el tiempo perdido, gritaban sin dejarle tiempo ni para respirar.

              Aquel primer día se habían reunido casi todos en Las Cigüeñas. Los abrazos y saltos efusivos dejaron paso a una cena que tuvo de todo menos de frugal y en la que no hubo un solo momento de silencio. Joder bala, como te has echado a perder. Pues anda que tú, ¿Todavía sigues poniendo motes a todo cristo? ¿Y el cabronazo del Lopetegui? Con pancreatitis en Basurto. Como está el patio. Juanito ahora no pasa un solo día sin ir al venajo, el que odiaba hasta ir al moro en la jira y míralo. Ya no hacen vinos como los de antes eh. Anda calla Campo, si a ti te da igual cesta que ballesta. Ehhh chusticiero, cántate una que te seguimos, ¡por los viejos tiempos!

              Cuando se dio cuenta subía la calle La Vega hacia arriba, pero al llegar a la altura del Bretón giró a la derecha por la Calzada (para él siempre sería la Calzada). Procuraba evitar el Palacio de la Bezaras, cuando se acercaba una sensación de malestar se apoderaba de él, haciéndole flaquear, incluso aunque no llegara a verlo.

            Bajó por la Arrabal y cuando llegó a la parada de vagos, más erosionada aun de como la recordaba, se paró en seco, observando lo que fue el centro neurálgico de su vida hasta aquel fatídico día. Vio el enorme nido de cigüeñas impasible al paso del tiempo. Abajo, de un marrón ocre, se distinguían los escudos señoriales que presidian el edificio. A su derecha, el palacio de Bendaña, totalmente reformado, con un acabado en lo alto sublime, de vigas de madera horizontales y una gran cristalera que hacía olvidar los antiguos paneles de madera de estilo mudéjar. Los árboles eran nuevos, e Ismael pensó que no pegaban nada con la plaza de la Paz, pero muchas más atrocidades tenían que cometerse para que le dejara de gustar aquel lugar. Cuando llegó al nuevo mural al inicio de la calle santo Tomás, se recordó a él mismo, años atrás, cuando junto con Julián, hartos de vino los dos, corrían por toda la Ventilla perseguidos por el jefe de policía. Acababan de volcar en medio de la calle 5 barcas de pescado con todo su respectivo hielo, dejando un gustoso olor y la calle como una lonja gallega.

Mural Haro

            Al subir por la calle Santo Tomás, siempre admirándose de cómo habían hecho para que la torre de la parroquia quedara clavada justo en el hueco entre las dos paredes de fachadas de la calle dejando una foto de revista de viajes, recaló en un pequeño hombre de tez morena que no le quitaba ojo de encima. Cuando fue a decirle algo, el fulano se metió por la calle de la Paz, desapareciendo al momento. En esas llegó al número 17 y abrió el pequeño portal, subiendo por las viejas escalera de madera más nervioso que una gelatina encima de un altavoz. Entro al pequeño y destartalado piso y se sentó rápidamente en el sofá, agarrando la botella de vino. La modesta morada era una vieja herencia de una tía abuela suya sin descendientes, que recibió hacía 10 años pero que, lógicamente, no había pisado hasta su retorno.

               Permaneció allí, sentado, más de una hora. No podía ser. Solo lo había visto un instante, pero no había duda. Aquel hombre era igualito a Sebastián Jiménez. Y por cómo le miró en la calle, él también lo había reconocido. Un torbellino de ideas le recorrió la cabeza. Entre ellas estaba la idea de volver a huir. No. Se negaba a hacerlo por segunda vez. Debía ir a casa de Julián, en la zona nueva. Él le ordenaría las ideas y daría claridad a sus dudas. Rápidamente cogió el sombrero, la chaqueta y al pasar por el recibidor vio una pequeña navaja oxidada pero aun servible. Por si acaso, pensó.

           Nada más salir a la calle, a unos 10 metros, se topó con 4 personas, una de ellas el mismo hombre que había visto antes, dos jóvenes más bien regordetes, uno de ellos alto y con un bate de beisbol, el otro, más menudo, empujando una silla de ruedas, donde Ismael reconoció a duras penas a Labionegro. Joder con Julito, que estaba senil dijo el mequetrefe.

            —Vaya vaya, el cobarde vuelve a su castillo. ¿Aún me recuerdas, Aduna? —El gesto del abuelo vino rápido, sin contemplaciones. Una mirada al del bate y un movimiento de barbilla hacia Ismael. Ningún intercambio de palabras, ni búsqueda de explicaciones. Había pasado demasiado tiempo como para perder la oportunidad. Pero Ismael se olió su sentido antes de que el mozalbete echara un pie adelante y blandiera el arma blanca.

                 Y no se lo pensó dos veces. Giro el cuerpo hacia arriba, torció rápidamente hacia la plaza San Martín (no la recordaba tan limpia e inclinada) y descendió como alma que lleva el viento por la costanilla, oyendo a sus espaldas los fuertes taconeos de los dos chavales, que tardaron un tiempo en reaccionar, esperando la orden de Labionegro: ¡A que esperáis canallas, tras él!

            Hacía tiempo que Ismael no corría, pero aún a su edad, se mantenía en buena forma, gracias a los paseos en bicicleta por las calles de Valladolid todas las mañanas durante años y años. En esos momentos, pensar se antoja algo difícil, pero el cuerpo, en lucha por sobrevivir, saca lo mejor de sí, y los pensamientos fluían rápidos por su cabeza. Se decidió a bajar hasta el Ferial y allí girar a la derecha, para, si le aguantaba el resuello, llegar hasta el venajo a los pies del puente del ferrocarril, donde con suerte estaría el bueno de Juan Cantabrana y sus dos carabinas Anschüts modelo 520.

                Su perseguidores recortaban distancia, y el sentía más y más calor. El gorro había volado a las primeras de cambio y la chaqueta le sobraba, así que soltó el botón que la cerraba, y la suave seda interior hizo que saliera sin problemas, dejándola perfectamente doblada en medio de la calle. Y la providencia quiso que al pasar por allí, uno de los dos contrincantes en la carrera de su vida, el más bajo y gordo de ellos, tropezara, dándose de bruces contra la piedra, dejándose un bonito surco de sangre alrededor de su nariz, llena de chinas incrustadas cual diamante en un anillo de compromiso.

             1 a 0. Pero este partido se gana a dos tantos, y el otro iba a estar más difícil. Lástima no hubiera caído el del bate. Bajó las interminables escaleras al final de la calle San Felices de 3 en 3. Al pasar por el Ferial y su parking contiguo pensó en las guerras de piedra y bufos que hacían allí de mozos. Joder majo, tú en estas y te pones a pensar en los buenos tiempos. También recordó a alguna que otra de sus conquistas, siempre solía llevárselas allí para hacerse el romántico a orillas del río.

              Quedaban unos 200 metros para la meta cuando se percató de que dos niñas de unos 12 años le gritaban desde la orilla del río y señalaban al mismo con efusivas brazadas al aire. Alguien había caído al agua. El camino iba acercándose a la margen del río, y al poco divisó una niña dentro del agua, asomando a duras penas la cabeza a la superficie, chapoteando en balde. Ismael no se lo pensó y se zambulló en el agua. De una mala, tras sacarla, pasaría a la otra orilla y desde allí gritaría a Juanito. Seguía siendo un nadador excelente y no tardó en llegar hasta la niña, ya totalmente exhausta y sin aire, momentos antes de que se sumergiera en el agua para siempre.

             — ¡Catalina, Catalina! Ahí mi hermana, menos mal. — Oyó decir a su espalda, con el aliento entrecortado, a su joven perseguidor—Tráela, tráela aquí, te juro que no te haré nada­. — Ismael obedeció y la sacó, tendiéndola en el suelo, inconsciente.

Párrafo de separación

               Los sanitarios (tras la paliza de carrera que se había pegado,  no sabía distinguir entre camilleros, ATS y médicos) no paraban ni un instante, y en cosa de 10 minutos desde que llegaron consiguieron estabilizar a la niña y colocarla en una camilla, calmando a los familiares. Hasta el lugar habían llegado Labionegro, el hombre pequeño y moreno, además de algunos parientes más, Juanito, que llegó corriendo desde el venajo al oír los gritos, los niños asustados, una pareja de la guardia civil y algunos transeúntes y curiosos varios.

              Catalina resultó ser la nieta del fallecido Sebastián Jiménez, sobrina-nieta de Labionegro y hermana del joven perseguidor, que rápidamente contó a su tío-abuelo el rescate por parte de Ismael. El huraño anciano lo miró fijamente, esbozó una leve sonrisa e hizo un gesto de complicidad, pero nada más. La guerra estaba zanjada. Al secarse, se palpó el bolsillo del pantalón, y riendo para adentro, movió entre sus dedos la oxidada navaja, que había olvidado por completo.

                  Y así, Ismael Aduna pudo disfrutar por el resto de sus días de las calles y jardines de su añorada ciudad natal. 34 años después Haro volvía a ser su alegría, su casa, su vida.

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