Escuela etiopía

Aviones para África

“Me quejaba de que no tenía zapatos, hasta que vi a un hombre sin pies. Porque pobre no es el que tiene menos, sino el que quiere más”

   Nos remontamos al 17 de Julio de 2009. Acababa de terminar mi segundo año de carrera, todavía tenía pelo y el Barça había ganado su tercera Champions Leage. Todo era felicidad. Michael Jackson, aquel héroe pop que quiso descender en el escalafón de la raza humana haciéndose blanco, moría en extrañas circunstancias; otro negrata de tres patas, Barack Obama, se convertía en el primer negro presidente de EEUU, aquel país malvado; y los españoles todavía no nos dábamos cuenta (o no queríamos ver) que estábamos ya inmersos en la crisis económica que inicio Lehman Brothers en septiembre de 2008. ¿Crisis? ¿Qué crisis? Si tengo 10 chalets.
Y yo me iba para África. A Etiopía, y sin María ni Sofía. En la facultad cuyo-nombre-no-debe-ser-nombrado-porque-solo-echaría-pestes-por-la-boca me metí en un grupo estudiantil de cooperación el desarrollo, el grupo DIM (Deporte, Ingeniería y Moda, nunca conocí a los dos últimos). Tenían un proyecto iniciado el año anterior para la identificación y promoción de jóvenes talentos deportivos en Etiopía, nada más lejos de la realidad. Pero hoy no entraré en lo que vine a ejercer en tierras africanas durante 30 días, eso será carne de otro post. Hoy toca hablar de aviones. Tres destinos teníamos: Adigrat, Guiguesa y Dilla. Poco me costó decidirme, la compañía habló por sí sola: el gran Sergio, el tío con mayor expresión corporal del mundo, siempre capaz de sacarte una sonrisa; y Silvia, una de las chicas más activa, interesante, atractiva y con carácter (todo hay que decirlo) que jamás he conocido. Dos grandes personas.
Sí, odiados y perversos lectores, toca hablar de aviones porque en los 4 viajes de ida y vuelta que me tocó realizar pasaron más cosas que en el plató de Telecinco con Matamoros y compañía. El trayecto era un Madrid-Adís Abeba con escala en El Cairo, por eso aquello de 4 viajes. Tendríamos aproximadamente hora y media entre avión y avión en la capital egipcia.
Recordar que por aquella época el pánico por la gripe porcina inundaba el planeta entero. El 11 de Junio la OMS calificaba el brote como nivel de alerta 6, lo que la convertía en la primera Pandemia del siglo XXI. Buen negocio se montaron las farmacéuticas multinacionales con Donald Rumsfeld a la cabeza. En Egipto no se quedaban cortos con la esquizofrenia colectiva. Durante el trayecto debíamos rellenar un papel en el que, entre tus datos personales, debías asegurar que no llevabas contigo alguna enfermedad contagiosa mortal que pudiera envenenar a sus pobres conciudadanos. Me hacía gracia aquello ¿Si llevo un botecito con el virus del SIDA en el bolso que hago? ¿Lo tiro por la ventana?

      Pero no quedaba ahí la cosa. Tras el aterrizaje y salida del avión, unos pocos soldados egipcios, con su uniforme mierder puesto, nos esperaban. Todos los pasajeros debíamos pasar por una máquina que detectora de calor, como esas que vemos en las pelis, ahí con tiparracos teñidos de rojo corriendo por el bosque. Uno a uno íbamos pasando como corderitos para quedarnos parados con la cara delante de ese cachivache, de tal forma que si detectaban alguna anomalía ahí te quedabas, imagino realizarían algún tipo de estudio rectal o vete tu a saber. Con anomalía quería decir que tu cara sobrepasaba los límites normales de calor, es decir, que con un simple resfriado podías ser parado allí. Todo muy absurdo.
El avión había salido con retraso de Madrid y la hora de espera en El Cairo se convirtió en una carrera contrarreloj. Imagínense ustedes el acojone al pensar que nos paraban a alguno de nosotros, presuntos delincuentes portadores de gripe porcina. Quedarte solo en Egipto, sin un duro, con tus maletas viajando para Etiopía, gracioso no era. Por suerte ninguno llevábamos calor suficiente en nuestras tochas.
La siguiente posta de nuestra gymkana egipcia fue el primer control o arco de seguridad. Menudo tiparraco aquel. Con más prisa que unas grupis en la entrada de un concierto de Justin Bieber, mi mochila de mano, cargada hasta las bartolas de cosas, le pareció sospechosa al tiparraco con cara de Mister Bean, pero más listo que el hambre. Me pidió que abriera la mochila, cosa que me llevaría bastante debido al desorden y presión máxima que caracteriza mis mochilas de mano. Le dije que tenía  mucha prisa en mi magnífico inglés riojano y no se ando con rodeos. Me pidió le enseñara la cartera y cuando la vio sonrió de oreja a oreja y dijo un claro: money money. Ahí, sin pudor, delante de todo cristo. Le di 5€ y santas pascuas. Sobornazo en el bazo, con dos collons. Vale, SIDA no puedo traer pero un buen fardo de cocaína sí.
Más tarde, a los pocos metros, descubrí que eso no sirvió de nada, ya que para pasar a la puerta de embarque había un segundo control de seguridad, y me sentí el tío más tolai de Spañistán y parte del extranjero. Resulta que «el bulto sospechoso» eran un puñado de bolis Bic que llevaba para dar mis clases y para los niños.
Y he aquí mi reflexión: queridos señores de los aeropuertos ¿Qué se os pasa por la cabeza para ver amenazador un puñado de bolis? ¿Por qué puedo pasar botellas de vidrio en el equipaje de mano, vacías eso sí, la cerveza de su interior puede ser mortal, con las que podría rebanar el cuello al pasajero de al lado (si fuera un político lo haría, háganme caso) y no puedo llevar un botellín de agua? ¿Por qué no puedo llevar un queso camembert en cuña envasado pero si me lo unto en pan si? ¿Y por qué cojones si meto la oreja en una caracola se oye el mar? QUE ME LO EXPLIQUEN!!!!!!!!!
El viaje de ida nos deparaba una desagradable sorpresa final todavía por descubrir, para más INRI. A la llegada, ya de madrugada, al aeropuerto internacional Adis Abeba Bole, el interrogatorio en la Aduana fue bonito: ¿Qué haces aquí?¿Donde vas a vivir? ¿Cuánto tiempo?¿De qué marca es tu calzoncillo? Cargábamos con nosotros unos 20kg por pasajero de ropa, material deportivo, regalos, caramelos, etc. Todo ello destinado para los niños de la escuela de Dilla, para nuestro trabajo y para los hermanos salesianos donde íbamos a vivir. 3 grandes fardos, o mejor dicho bolas, envueltas en aquellas enormes bolsas de colores a rayas que venden los chinos. Pero los gentiles soldados etíopes nos las requisaron con la escusa de una supuesta reventa ilegal. Y así va África y el mundo entero…Nos dolió en el alma pensar que todo aquel material, donado con todo el cariño por personas de Madrid tras una intensa campaña de colecta, no iba a llegar a sus destinatarios. De nada sirvieron las palabras de los anfitriones que vinieron a recogernos, los soldados no atienden a razones.

Bolsa deportiva

zapatillas deportivas

Material que previo pago, pudimos recuperar días después

     Pero todo el mal y la ira, las desventuras y contratiempos acaecidos en el viaje de ida, me fueron devueltos en mi persona y en la de Sergio en forma de recompensa graciosa. Un mes después, el 19 de Agosto (o 18, por el culo te la embrocho) tocaba volver a nuestro hogar. Tras los lloros y abrazos, despedidas emotivas y un viaje de más de 6 horas por una de las pocas carreteras asfaltadas que recorren el país (la «autopista» que lleva a Kenia, aunque no es mejor que una carretera terciaria española), nos encontrábamos en el mostrador de Egyptair. Parecía que había problemas con el billete, cuando el joven empleado nos preguntó: Are you sure you are travelling in economic class? Here you have a first class ticket.
Mi cara de asombro cambió en milisegundos a cara de poker para espetar un tranquilo: Yes Yes, of course! Y con toda la jeta, por la patilla, y sin miramientos, Sergio y yo volamos felizmente durante dos vuelos en primera clase de una de las grandes compañías aéreas mundiales. En un principio me pareció algo contradictorio: dos cooperantes, recién llegados de ver la pobreza más absoluta y de vivirla durante un mes entero, nos volvíamos tan panchos en una situación solo disponible para clases altas. Mi siguiente pensamiento fue un claro fuck the system y aprovéchate de él.
Paso a describir las cordialidades y el lujo que vivimos en ese viaje de vuelta: a la entrada al primer avión nos ofrecieron zumos naturales de 3 frutas que hasta entonces ni conocía, más exóticas que Belén Esteban en Supervivientes. Los asientos eran más grandes que el tresillo de mi casa, reclinables, de pluma de pájaro Dodo, periódicos de más de 10 países, a todo gas. El desayuno fue servido en vajilla de porcelana, de esas que guarda tu abuela con recelo para una vez en la vida.
A la llegada a Egipto, ya sin histeria porcina, se nos informó que durante esa hora y algo entre avión y avión podíamos pasar a una sala VIP a relajarnos. ¿Relajarnos? Nuestras sonrisas se salían de la boca. La estampa era pa foto: dos jóvenes desvencijados, llenos todavía de la arena roja que plagaba el ambiente africano, en chanclas, con los vaqueros rotos y descosidos, yo con mis rastas; entrando a una sala perfectamente acabada en mármol verde, son sofás de película de James Bond, lleno de jeques árabes con sus túnicas blanco inmaculado y sus turbantes, europeos repijos con sus hijos mejor vestidos que froilán y compañía. Claramente todas las miradas se dirigían a nosotros: ¿Qué coño hacen estos dos aquí? Como si nos importara. No paramos de comer canapés en todo el tiempo que estuvimos, y de reírnos un rato largo.
El avión de vuelta nos deparaba también algunas sorpresas: pantalla personal para cada asiento, con más de 10 películas a visionar, mapa interactivo del trayecto, información turística de todos los países que sobrevolábamos, juegos…Para la comida, menú completo a elegir entre 3 platos principales, todos sacados de cualquier restaurante nouvelle cuisine, cuanto menos en los nombres.
Y así se cerró el ciclo. No fue un mal final (aunque no el mejor) para una de las mayores experiencias, la más enriquecedora de toda mi vida, donde pude testificar lo afortunados que somos de vivir y haber nacido en esta parte del mundo, los desgraciados que somos por apenarnos y cabrearnos por cosas tan insignificantes, y como ante la desigualdad y la pobreza total se puede seguir viviendo con una sonrisa continua en la boca. Ellos son los afortunados, los felices, los que se merecen lo mejor.
Por ello y más que nunca, exprime la vida. Y no pierdas la sonrisa.

filosoraptor

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