Polonia salvaje

«El fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando»

Miguel de Unamuno

    Na zdrowie y kurwa. Estas son las dos únicas palabras en polaco que aprendí en mi alocado viaje a Invernalia, la primera por cuenta propia (brindis) y la segunda (puta), no vayáis a pensar mal, por cuenta ajena. Hoy toca relatar las locuras que tocaron realizar una semana de Diciembre de 2010, una impresionante mezcla de fiesta y cultura ¿Se puede mezclar? Yo descubrí que sí.
El planning era el siguiente: avión Bordeaux-Bruselas/Charleroi, tren de ida y vuelta a Gante, avión Bruselas-Wroclaw, tren a Cracovia, avión Cracovia-Paris y finalmente tren París-Bordeaux. Todo eso en 6-7 días para ver 4 ciudades, con dos pelotas. Lo se, lo primero que os viene a la mente es: Este tío está gilipollas!!!! Peeeeeero, y ahora comprenderán mi esquizofrenia, estaba en mi año ERASMUS, en el que, como aquel estupendo deporte que sigo a diario, valetudo. Ya saben, odiadísimos lectores, ERASMUS=¡Oh joder que bien me lo pasé! Un año ERASMUS da para unos 5.678.456.999 de post, si recuerdas la mitad de las noches, si no para el triple de artículos.
También me exculparé de este sinfín de rebotes de pinball por Europa en dos palabras: money money. Efectivamente, muchas gracias a Ryanair y las casas de acogidas de los amigos de amigos ERASMUS. Os debo una. Bueno a ti no, Ryanair, que ya me has reventado el orto bastante.
Nuestro fugaz paso por Bélgica me dio para unos pocos apuntes: Gante es una ciudad preciosa, con poco que envidiar a Brujas en sus calles y con un punto a favor: los bares cierran cuando se va el último cliente. En cada esquina te encontrabas a un orgasmus tirado en el suelo (pese a los -65ºC de sensación térmica) en ligerísimo estado de embriaguez, el paso anterior al cielo. Bruselas, vaya, mola y tal, capital europea, con esa mezcla de edificación antíquisima típica de centroeuropa y el modernismo urbanita. Pero cuando te dicen que lo típico de allí son las patatas fritas…Pues anda y que me chupen un pie, que sabe mejor. Luego te dan a probar un gauffre y te dan ganas de ir belga por belga dándoles la mano, felicitándoles por el trabajo bien hecho. Hay una cadena, Leonidas (uno al lado del Maneken Pis, ese enano meando que todo el mundo admira), que los hace cojonudos y baratitos. La Grand Place, cargadita de cosas, como me gusta a mí. Ah, y bicis, muchas bicis, miles de bicis.

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Parking de bicis en Bruselas.

      Polonia nos recibió como en mi opinión creo que hay que visitarla, con mucho frío y nieve. Que te saquen del bus tras un intento de conversación en medio de la nieve y de la nada en una ciudad que ni sabías que existía (Wroclaw) está bien, divertido, si te lo tomas con humor. Allí hablan inglés un poquito mejor que en España (osea, na y menos). Suerte que se nos apareció la virgen y nos guió hacia nuestro objetivo, el Boogie Hostel. Descubrirán poco a poco que amo los hostels, y algún día contaré cual es el más ultra-hiper-mega mejor al que he ido. Este me gustó de sobre manera: 6€ por una noche en una habitación para 8 con desayuno incluido buffet libre (háztelo tu en la cocinilla sí, pero llénate los bolsillos si quieres), tele-mil-canales, internet libre y bar en el mismo edificio. Ouuuu Yeah mother fuckers. Allí probé la cerveza caliente, repito, la cerveza caliente. Con canela, naranja y clavo. Y os puedo asegurar que no está mal, pa una vez en la vida, cansina. Al llegar a la estación de tren me sentí un bolchevique huyendo de mis perseguidores. Tanto que nos metimos en el primer tren que vimos con un billete que no nos correspondía. No nos bajaron a mitad de camino, en Katowice, que oye, aunque hubiera sido un punto por aquello de ver otra ciudad, no entraba en nuestros planes y llegamos contentos a Cracovia.
Y aquí comenzó la hecatombe, nos acogieron en un edificio de 4 plantas en las que solo vivían Erasmus (baile del tiritiritiri de Mauricio Colmenero). La primera noche, tras visitar 3 fiestas en diferentes pisos de la ciudad (una de ellas con asalto de la policía inclusive), acabamos en un bar de salsa. He de comentar que viajé con dos grandes personas-jes, Jose y Laura. Pese a mi baile ortopédico y totalmente disfuncional, mi compañero y yo (Laura rápidamente se encargo de engañar al pinchadiscos para poner sus propias canciones) nos crecimos, nos llenamos de carácter latino y sacamos a dos bellas polacas (resalto que abundan) a la pista. Pues bien, nos merendaron. Con patatas, salsa y la de dios. En cuestión de 1 minuto ya no sabía ni donde estaba. Aguanté estoicamente para conseguir no pisarla ni una sola vez. Solo pensaba en acabar esa humillación. Lo que comenzó como un intento de cortejo a lo macho cabrío español (creo que la única vez en mi vida) acabo siendo un tierra tragamé. Y Jose parecía sentir lo mismo, aunque se desenvolvía mejor en las dificultades. Aprendí más en esos interminables 10 minutos que en toda mi inexistente experiencia de baile. A las 2 horas de acostarnos un autobusero nos dejaba con nuestras resacas y bastante desorientados en un paraje como éste:

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      La siguiente noche se preveía gorda, era el cumple de nuestra anfitriona y habían adaptado uno de los pisos a modo de sala de fiesta. Un ruso, al parecer algo conocido, hacia las veces de DJ. En cuestión de 15 minutos (de reloj) desde que el piso estaba lleno la cosa se desmadró. Jamás vi algo igual. Normalmente la gente tarda bastante más, entre charletas, cervezas iniciales, etc. Allí no. Los chupitos de vodka volaban, las parejitas entraban tristes al baño y salían muy contentas, y la terraza, pese a los -15ºC, a rebosar, y ese humo no era precisamente vapor de agua. Yo, que me contagio rápido de esa felicidad, no tarde en saltar, brindar y conocer gente. Tanto jolgorio no podía durar mucho. Al tiempo una familia de polacos que contaban con un bigardo de 2×2, recién traído de siberia de comer nieve y ñus, apareció en escena chillando improperios (igual decían halagos pero a mi me parecían improperios) y empujando al personal. La huida de gente fue espectacular. Entre el barullo, acabamos en la habitación de nuestra anfitriona, y yo, sin comerlo ni beberlo, en medio. La mezcla de inglés y polaco aumentaba en tono y gesticulaciones hasta que, listo de mí, decidí interceder para calmar las cosas. Desde la oscuridad apareció una mano tamaño la bola de destrucción masiva de Miley Cirus, de aquel bigardo que no había abierto la boca, y fue directa a mi cuello. Yo callé, manos arriba y que me detengan, me faltó mearme. Ya pasado el temporal, cuando todos bajábamos a la puta calle, le vi por las escaleras y desde una distancia prudencial y con voz de pito, le señale y espeté en mi inglés-riojano que fuera la última vez que me hacía eso. No iba a volver a verme en la vida, así que le faltó despollarse vivo allí mismo.
La noche acabó en casa de unos italianos saboreando vodka y comiendo…sucumbí. A mí, que quieren que les diga, que haya tiendas de alcohol abiertas 24 horas me mató. Lo siguiente que recuerdo es varias personas tirando de mi cuerpo para sacarme de la cama y yo gimiendo: que  me dejéis aquí, que ya cogeré otro avión. El nuestro salía a las 2 horas y no llegábamos ni de coña al aeropuerto. Un taxi voló por nosotros. Bailando ChanChan de Buenavista Social Club en la cola del avión con la música a tope acabamos. Jamás he volado en avión en esas condiciones. Bueno sí, pero eso ya es otra historia.

Imagen        No quiero acabar sin antes contar, ya poniéndonos serios, las sensaciones que me produjeron estar en uno de los lugares que más me ha marcado de mis viajes: el mayor centro de exterminio de la historia del nazismo, el Konzentrationslager Auschwitz-Birkenau, donde se calcula que murieron entre 1,5 y 2,5 millones de personas, la gran mayoría judías. Para visitarlo os recomiendo encarecidamente que lo hagáis con guía, porque de lo contrario no llegareis a comprender la magnitud del lugar por donde estáis caminando. Y también he de decir era bastante reacio a visitarlo, por tratarse de un lugar tan triste desalentador. Pero ahora os digo que todo ser humano debería ir allí una vez en la vida, para comprender de lo que es capaz la raza humana y no volver a repetirlo jamás. El sufrimiento que llegaron a pasar las pobres gentes que estuvieron allí encerradas es tal, que no podemos llegar a percibirlo. Pero nos acercaremos mucho visitando ese lugar. Y si queréis haceros algo más a la idea, recomiendo al 100% el libro «El hombre en busca de sentido» de Viktor Frankl, psiquiatra superviviente en varios campos de concentración. Lean, para de esa forma curar el nazismo, y visiten Auschwitz, para así curar el racismo. Gracias por tu tiempo.
Exprime la vida, y ríete mucho.

Auswitch Entrada

El trabajo os hará libres. Detestable.

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